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Los hermanos desde el nacimiento: un rito de iniciación en la familia

Tuvimos a nuestros seis hijos en casa. Aunque los cuatro primeros fueron lo que hoy se denomina partos “sin asistencia” (es decir, sin la presencia de ningún profesional sanitario), en todos ellos, excepto en el primero, estuvieron presentes sus hermanos. Para mi marido y para mí, la decisión de que nuestros hijos estuvieran con nosotros durante el parto nos pareció lo más adecuado. Considerábamos que el nacimiento era la ampliación de la familia y, por lo tanto, una experiencia en la que toda la familia debía participar.

En cada uno de nuestros partos, nuestros hijos observaban, hacían comentarios espontáneos e interactuaban en la medida que cada uno decidía. Tenían libertad para entrar y salir de nuestra habitación durante todo el proceso y todos optaron por estar presentes en el momento concreto del nacimiento. Independientemente de su edad, no reaccionaron con miedo ni ansiedad. Más bien, todos ellos mostraban una sensación de asombro.

Que nuestros hijos estuvieran presentes en el parto fue una de las mejores decisiones familiares que hemos tomado jamás. Eso nos ayudó, en parte, a convertirnos en la familia tan unida que somos hoy. Sin duda, todos y cada uno de nuestros hijos tuvieron muy claro de dónde venían. Vieron cómo formaban parte inherente de su madre. Desarrollaron una profunda confianza en las capacidades del cuerpo humano. Vieron cómo su madre reunía fuerzas y valor para completar un proceso exigente. Vieron cómo su padre brindaba amor incondicional y un apoyo inquebrantable a su madre. Y cuando presenciaron cómo su hermano o hermana venía al mundo, y el milagro del primer aliento de la vida, vieron cómo se mimaba, se abrazaba, se amaba y se aceptaba al bebé, tal y como les había pasado a ellos. Sentieron de inmediato un instinto protector y una conexión con el nuevo bebé, como si fuera suyo.

Los niños también aportan su profunda sabiduría al nacer. Después de que naciera mi quinto bebé, me acurruqué en la cama con él, acercándolo a mi pecho como había hecho con los demás. Su hermano mayor, que acababa de ser testigo de cómo derramaba la sangre, el sudor y las lágrimas necesarios, se acurrucó detrás de mí y dijo: “Ay, ha merecido la pena, ¿verdad?”.”

Creo que estar presente en el parto permite al niño conectar con su yo primitivo, humano y vulnerable para unirse mejor a su esencia espiritual, liberadora e invencible. Como personas, se fortalece su confianza y respeto por la inteligencia innata que reside en cada uno de nosotros. Esta poderosa experiencia queda grabada en lo más profundo de su ser. Lo mejor de todo es que el valor del parto se consolida como una tradición familiar. Ahora nuestros hijos han vivido sus propias experiencias de parto en casa con todos los hermanos del bebé presentes. Y poco después, todos los primos, tías y tíos acuden para celebrar y honrar esta preciosa nueva expresión de vida. Todos compartimos las emociones, el amor y una comida muy apreciada. Todos nos unimos aún más como familia.

Para nuestra familia, estos nacimientos siguen contribuyendo al vínculo especial que ahora compartimos. Todos vivimos a menos de cinco minutos unos de otros. Nos reunimos todas las noches de la semana para cenar. Compartimos nuestros pensamientos y emociones en conversaciones variadas e interesantes. Compartimos nuestro amor mientras vemos cómo los primos juegan alegremente. Disfrutamos de una comida que tanto apreciamos.