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La gratitud es algo más que limitarse a dar las gracias

Por Homaira Kabir

Existe la sensación generalizada de que los niños de hoy en día son más infelices y más desagradecidos que los de hace una generación. A primera vista, parece extraño. Nuestros hijos tienen más de lo que jamás hubiéramos podido imaginar —más aparatos, más ropa, más experiencias, más oportunidades— y, sin embargo, por alguna razón, parece que no es suficiente.

Sin embargo, en realidad todo tiene sentido. Verás, las respuestas de nuestro cerebro ante las recompensas y las amenazas evolucionaron en una época en la que encontrar bayas más dulces y arroyos más caudalosos era esencial para nuestra supervivencia. Estas respuestas siguen estando profundamente arraigadas en nuestra estructura neuronal, aunque el mundo del siglo XXI se parezca muy poco al de nuestros antepasados cazadores-recolectores.

A medida que seguíamos sobreviviendo como especie, desarrollamos estructuras neuronales y sociales que también nos permitieron prosperar. Empezamos a vivir en tribus y a depender unos de otros para nuestro bienestar. Desarrollamos rasgos de carácter, entre los que destaca la gratitud, que nos ayudaron a afianzarnos en nuestro lugar dentro de la estructura social más amplia y a reconocer que nuestros éxitos se apoyaban en muchos hombros.

Asumir el éxito

Pero ahora nos hemos visto catapultados a esta nueva era de oportunidades infinitas. Nuestros hijos están creciendo con una mentalidad totalmente diferente a la que teníamos nosotros. Les decimos a nuestros hijos que pueden ser lo que quieran y que su éxito está en sus manos. Estos mantras bienintencionados impiden que nuestros hijos vean a las personas y las oportunidades que les rodean y que mejoran sus vidas. Esto sí importa. Nuestro éxito como especie siempre ha dependido de nuestras interacciones, nuestros vínculos y la creatividad que surge del trabajo en equipo. Aislarnos en pequeñas burbujas de autoestima y esperar que lleguemos muy alto no es más que una ilusión.

Cuando nos situamos en el centro de nuestros mundos, puede que cosechamos las recompensas, pero también asumimos la culpa cuando las cosas no salen según lo previsto. Las expectativas que nos imponemos a nosotros mismos van en aumento, lo que hace más probable que no podamos alcanzar nuestros objetivos, lo que a su vez da lugar a sentimientos de fracaso. Hay una razón por la que la depresión y el suicidio están acabando con nuestros hijos en un número cada vez mayor y a edades cada vez más tempranas, lo cual es alarmante.

Incluso cuando conseguimos lo que queremos, siempre queda el pesar por el camino que no elegimos y el coste de oportunidad asociado a él. Saber que nuestro éxito depende de más factores que nuestra propia grandeza nos hace darnos cuenta de que las cosas podrían haber sido diferentes, y nos permite sentirnos agradecidos por todas las personas y oportunidades que contribuyeron a que esto sucediera, incluso de formas pequeñas e inconcebibles. Esto da lugar a un sentimiento de conexión, que es esencial para nuestro bienestar como el animal más social del planeta.

Cómo calmar la insaciable avaricia por más

La gratitud es más que una conexión. Calma los antiguos circuitos del cerebro que buscan constantemente algo mejor y más, para que podamos actuar con nuestra excelencia humana más reciente. Esto es especialmente importante para los niños, y más aún en esta era de opciones ilimitadas, cada una más tentadora que la anterior. Nuestros hijos aún no han desarrollado las funciones ejecutivas que pueden guiarlos en la toma de decisiones complexas. Actúan con el cerebro emocional, que busca insaciablemente placeres inmediatos. La gratitud calma esas redes neuronales y les permite saber cuándo detenerse, relajarse y apreciar lo bueno de lo que han recibido. Y voilà, así se siembran las semillas de la felicidad.

El papel de los padres

No podemos cambiar sus cerebros, pero sí podemos orientar a nuestros hijos con delicadeza hacia la gratitud y la satisfacción. En primer lugar, debemos limitar las opciones en sus vidas. El cerebro emocional, que evolucionó para maximizar la recompensa y minimizar el dolor, nunca imaginó que habría 150 tipos de muñecas Barbie, de galletas o de rotuladores. Al ofrecer a nuestros hijos unas pocas opciones adecuadas y dejar que elijan entre ellas, ahorramos la energía que se gasta en decisiones innecesarias y la liberamos para que puedan dedicarla a funciones más creativas.

En segundo lugar, debemos dar ejemplo de gratitud. Somos agradecidos no porque seamos excepcionales, sino porque crecimos viendo cómo se practicaba la gratitud en nuestros hogares. Formaba parte de la cultura, del lenguaje cotidiano. Hoy en día, apenas nos paramos a dar las gracias por nada ni por nadie en nuestras vidas. De hecho, nos quejamos constantemente de muchas cosas, sobre todo de nuestros hijos y de su actitud. Tacharlos de desagradecidos difícilmente va a ser el estímulo que les impulse a convertirse en niños agradecidos. Tenemos que hacerlo mejor.

La gratitud consiste, en primer lugar, en darse cuenta de lo bueno que ha sucedido en nuestras vidas. A continuación, consiste en sentir un agradecimiento sincero hacia las personas o las oportunidades que han contribuido a que esas cosas buenas fueran posibles. Y, por último, consiste en querer devolver ese favor. La gratitud no solo consiste en sentirse bien, sino también en hacer el bien. Es, en efecto, un acto virtuoso de generosidad y compasión. Cuando apreciamos de verdad lo que se ha hecho por nosotros, sentimos un impulso innato de corresponder. Las investigaciones nos han demostrado una y otra vez que los seres humanos estamos programados para realizar actos de bondad. Hacer algo bueno por alguien hace felices a ambas partes: es la forma que tiene la evolución de garantizar nuestro bienestar. En el mundo actual, los niños crecen preguntándose constantemente: “¿Qué gano yo con esto?”. La gratitud puede ser justo lo que nos recetaría el médico.

Diario de gratitud

Inspirada por los estudios que relacionan la felicidad con la gratitud, hice que mis cuatro hijos empezaran a llevar diarios de gratitud tres noches a la semana. Unas semanas más tarde, mientras hojeaba las páginas del diario de mi pequeño, me sorprendió la primera entrada, que decía:

“Me alegro de no tener que escribir en este diario tan tonto mañana por la noche”. Todas las entradas siguientes decían lo mismo… hasta la octava. En ella se leía: “Estoy agradecida de que hoy nos hayan dado magdalenas en el colegio porque tenían virutas de colores”. La duodécima entrada decía: “Estoy agradecida de compartir habitación con [su hermana mayor] porque por la noche me da mucho miedo”. Y anoche decía: “Estoy agradecida de tener un bonito hogar, porque hay gente que no lo tiene”.”

Tengo esperanza. Los niños hacen lo que te ven hacer, no lo que les dices que hagan. Está en nuestras manos inculcarles una cultura de gratitud para que crezcan como personas satisfechas y solidarias. Ningún ser humano vive en una burbuja. Cuanto antes rompamos la de nuestros hijos, mejor los prepararemos para la vida.