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Preparar la cena: Confesiones de una madre radical

Por Talismán Maya Frost

Me encanta el estilo de vida pausado. Es tranquilo, tiene sentido e incluso resulta francamente radical en un mundo tan ajetreado.

Según un artículo reciente publicado, como no podía ser de otra manera, en la revista *Time*, grupos de padres agobiados de todo Estados Unidos se están sumando a la corriente de los defensores de la vida pausada haciendo algo realmente revolucionario: celebrar una cena sentados a la mesa en casa con sus hijos cada semana.

No sé si aplaudir o llorar. La idea de que los padres estén dispuestos a asumir la titánica tarea de reorganizar sus horarios para poder celebrar una sola cena en casa es loable. El hecho de que ello requiera un esfuerzo tan sobrehumano es terriblemente triste.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? El artículo afirma que, allá por la década de los 80, los sociólogos llegaron a la conclusión de que ofrecer actividades estructuradas a los niños evitaría la delincuencia juvenil. Además, los expertos en educación sugirieron que los niños estadounidenses tenían que estudiar más para poder competir académicamente en el mercado global.

Al mismo tiempo, los líderes empresariales estadounidenses se dieron cuenta de que las empresas del país estaban perdiendo su ventaja competitiva. Aumentaron las horas de trabajo y los ritmos de producción en un intento por mantenerse por delante de los países asiáticos en pleno auge. Esta nueva competitividad se extendió al ámbito doméstico, donde las madres que acababan de incorporarse al mercado laboral llevaron el ideal empresarial de la alta productividad a los parques infantiles.

¡Vaya!.

Pasé la mayor parte de los años ochenta viviendo y trabajando en Asia, incluidos cinco años enseñando inglés en Japón, así que conozco de sobra el síndrome de la “mamá educadora”. Lo interesante es que las madres estadounidenses han adoptado ese mismo énfasis en la competencia y el rendimiento y lo han centrado en los deportes u otras actividades. Aunque no tengamos que sufrir las desafortunadas consecuencias de que los alumnos se desanimen al pasar por el sistema de exámenes japonés, tenemos a jóvenes de quince años agotados que se someten a operaciones de rodilla por lesiones acumuladas durante diez años jugando al fútbol, y familias que no recuerdan cuándo fue la última vez que disfrutaron en casa de una comida de verdad, sin televisión ni teléfono.

En algún punto entre una obsesión desmesurada por la educación y una adhesión fanática a unas agendas repletas de actividades frenéticas, existe un término medio. Se llama cena.

A la gente de Europa y Latinoamérica le horroriza saber que hay familias en Estados Unidos que cenan a toda prisa en sus coches a diario.

Les parece espantoso que, de hecho, haya campañas para recuperar la costumbre de sentarse a comer. Al proceder de culturas en las que las familias se reúnen para comer todas las tardes y de nuevo a última hora de la noche, consideran que esta obsesión por el éxito es desconcertante, alarmante y lamentable. Y tienen razón.

La verdad es que resulta bastante difícil perder el control sobre las actividades de tu familia si das prioridad a la cena la mayoría de las noches. Simplemente no es posible asistir a varios entrenamientos cada noche si te esperan en la mesa de 18:30 a 19:30.

Cuando le digo a la gente que tengo cuatro hijas adolescentes (de 13, 14, 16 y 17 años), me miran con una mezcla de horror y lástima. «La vida debe de ser dura en tu casa», me dicen. «Seguro que vives en el coche», me comentan. Eh… no.

Mi idea de hacer varias cosas a la vez es respirar, hablar y dar un paseo por el bosque, todo al mismo tiempo. Mi familia disfruta de una cena tranquila juntos en casa —¡a la luz de las velas!— al menos cinco noches a la semana. Es la mejor parte del día.