Amor por lo desconocido
Tras salir juntos durante ocho años, seguidos de 14 meses de preparativos, mi marido y yo por fin nos casamos. Entonces, unas seis semanas antes de la boda, nos quedamos embarazados. Así que pensamos: ¿qué mejor momento que nuestra boda para anunciar el embarazo? Todas las personas a las que queríamos y apreciábamos estarían allí, y podríamos darles la sorpresa a todos a la vez. Una vez terminados todos los discursos y nuestros agradecimientos, Dean y yo pedimos a nuestros padres que se unieran a nosotros en la parte delantera de la sala. Les pedimos que cerraran los ojos y extendieran las manos. Cuando abrieron los ojos, tenían en las manos unos bodies con las frases “Quiero a mi abuela” y “Quiero a mi abuelo”, y gritamos emocionados: ”¡Estamos embarazados!”. La sala estalló de emoción, vítores, risas y lágrimas. Los cuatro futuros abuelos se sintieron abrumados por la alegría y no podían dejar de abrazarnos y de abrazarse entre ellos. Nos inundaron con amor y apoyo. Fue un momento que nunca olvidaremos.
Dos días después empecé a sentir leves calambres y un ligero manchado. Me sentía incómoda, pero no le di importancia. Había leído que la implantación puede provocar manchado o sangrado, así que pensé que era normal. Al cabo de unas horas, los calambres se intensificaron y empecé a preocuparme, hasta el punto de llamar a las enfermeras de triaje de urgencias de mi hospital local para asegurarme de que lo que estaba experimentando estaba dentro de los límites normales. Según ellas, así era, y no había nada de qué preocuparse.
Aquella noche me costó mucho conciliar el sueño. El sangrado y los calambres se intensificaron hasta ser mucho peores que en una menstruación normal; sabía que algo no iba bien. A la mañana siguiente, los síntomas habían empeorado, pero fui a la consulta a atender a mis pacientes de todos modos. Tenía toda la mañana ocupada, pero entre cita y cita me las arreglé de alguna manera para llamar a mi comadrona y, con voz temblorosa, le expliqué lo que estaba pasando. Nunca olvidaré el tono lento y tranquilizador de su voz cuando me dijo: “Stephanie, parece que estás sufriendo un aborto espontáneo”. Aunque su voz era suave, me impactó más fuerte que un tren de mercancías. El pánico se apoderó de mí al instante. Le pregunté qué debía hacer, buscando desesperadamente una respuesta. Me dio varias opciones, pero, como sabía que confío en mi cuerpo, sabía que preferiría una intervención médica mínima o nula. Así que me fui a casa para pasar un rato con mi nuevo marido, con quien llevaba casada tres días, y lloré.
No fue exactamente lo que esperábamos durante nuestros primeros días de matrimonio. Lloré más fuerte de lo que jamás había llorado. Entonces empezó el dolor físico. Esa tarde sentí cómo mi útero sufría contracciones rítmicas que se volvían cada vez más dolorosas. Seguía negándome a aceptarlo. Tardé horas en llamar a mi familia y admitirles que las cosas no eran tan perfectas como parecían. Al fin y al cabo, ¿cómo podía pasarme esto a mí? Soy quiropráctica. Estoy sana. ¡Me especializo en el embarazo! ¿Cómo voy a dar la cara ante mis amigos, mis pacientes y la comunidad de parturientas, que me escuchan hablar sobre el embarazo y el parto todos los días? Ni siquiera había podido llevar a término un embarazo viable. Empecé a culparme a mí misma. ¿Qué había hecho mal? Las fotos de nuestra boda y nuestro gran anuncio se habían publicado en Internet, así que, incluso cuando comenzó la pérdida, seguía recibiendo mensajes de felicitación.
No salí de casa en toda una semana. Sentía una vergüenza tremenda, pero al mismo tiempo sentía la necesidad de hacerlo público. Como todo hoy en día, no es oficial hasta que aparece en Facebook. Recurrí a mis redes sociales para soltar la bomba. Pensé que recibiría mensajes de ánimo y condolencias, pero las reacciones que recibí fueron totalmente inesperadas. Me sorprendió muchísimo la cantidad de mujeres, e incluso de hombres, que comentaron y me enviaron mensajes diciendo que habían pasado por lo mismo. Me di cuenta de que no estaba sola. Ese fue el primer paso hacia la recuperación.
Empecé a investigar y descubrí que aproximadamente el 25 % de las mujeres sufrirá un aborto espontáneo en algún momento de su vida. La mayoría de estos abortos espontáneos se producen en el primer trimestre, que suele ser el momento en el que mantenemos nuestro embarazo en secreto. ¿A qué se debe esto? Hay mucho miedo en torno al nacimiento. Nosotros, como sociedad, hemos cedido nuestro poder a la bata blanca, a los monitores, a los procedimientos y a las pruebas. Hemos perdido el sentido de conexión con nosotras mismas. Y dado que los abortos espontáneos afectan a tantas personas, se ha convertido en algo normal ocultar nuestras vulnerabilidades durante esas primeras semanas tan preciosas.
En mi caso, quería compartir mi embarazo con todo el mundo en cuanto me enteré. Me alegro de haberlo hecho, porque fue lo más emocionante de mi vida. Contarles a todos que estaba embarazada y, después, contarles que había sufrido un aborto espontáneo, me proporcionó, sorprendentemente, una cantidad increíble de apoyo. Hubo algunas personas que me preguntaron por qué se lo había contado a nadie en primer lugar y por qué no había esperado hasta las 12 semanas para compartir la noticia. Mi respuesta siempre fue: “Porque quería, por eso”.”
El hecho de que otras personas proyectaran su necesidad de justificar mis acciones no hacía más que confirmar que este suceso tan común seguía siendo un tema tabú al que la sociedad prefería hacer la vista gorda. Me alegro mucho de haber hablado abiertamente de mi pérdida, porque eso creó una red que realmente me hizo sentir querida y apoyada por muchísima gente. Los estudios demuestran que la progesterona aumenta cuando las mujeres hablan con otras mujeres como ellas, que han pasado por una experiencia similar. La progesterona es una de las principales hormonas que crea un entorno uterino saludable para un embarazo viable. ¿Podría la creación de una comunidad y el hecho de hablar sobre el embarazo ayudar a prevenir las pérdidas durante las primeras 12 semanas? ¿Cómo podríamos saberlo, si se supone que no debemos hablar de ello hasta que hayamos superado esa “zona segura” del primer trimestre?
Para algunos futuros padres, las primeras semanas de embarazo pueden ser un momento sagrado que quizá prefieran mantener solo entre ellos, que es lo que decidimos hacer la siguiente vez. Mi marido y yo volvimos a concebir tres meses después de nuestra pérdida. Un test de embarazo positivo el 14 de febrero fue el mejor regalo de San Valentín que jamás podríamos haber recibido, y ese mismo día decidimos compartir la noticia solo con nuestra familia. Estuve nerviosa durante las doce semanas enteras. No creía que mi corazón pudiera soportar otra pérdida, así que me sentía constantemente al límite. Mi mente lógica sabía que las probabilidades de sufrir un segundo aborto espontáneo eran menores. Sin embargo, eso no impidió que me sintiera vulnerable. Las doce semanas se me hicieron como doce meses, pero una vez que llegamos a ese momento, estaba tan emocionada por anunciar por fin que estábamos embarazados. Me sentí tan bien al compartirlo con los demás que me pregunté por qué no se lo había contado antes. En octubre conocimos a nuestra preciosa niña, Aubree.
Cada camino hacia la maternidad es único y conlleva sus propios retos y momentos de alegría. Cuando las mujeres conectan entre sí, son las historias que comparten las que ayudan a generar confianza en el proceso. Hemos perdido esa sensación de conexión debido al miedo que nos inculcan los medios de comunicación, Hollywood e incluso nuestros propios médicos. Me ha llevado casi un año escribir este artículo. Empecé con solo unas cuantas ideas clave poco después de nuestra pérdida y fui añadiendo más a medida que aprendía nuevas lecciones. Creo que mi aborto espontáneo tuvo un propósito para mí. Por muy difícil que fuera, había belleza en el dolor, y la experiencia me permitió conectar más profundamente conmigo misma y con el siguiente embarazo.
Sigo aprendiendo cada día, y espero que mi historia pueda ayudar a que otras personas se recuperen. Todavía me pregunto cómo habría sido ese niño. Durante aquellas seis breves semanas, intuí que era un niño. A menudo me pregunto qué aspecto habría tenido, cómo habría sido su nacimiento y en qué se habría convertido de mayor. Pero quizá solo vino para saludarme y demostrarme que era posible quedarme embarazada. Y quizá me estaba enseñando lo preciosa que puede ser la vida y a no dar por sentado ningún embarazo futuro. Sea lo que sea, estoy agradecida por las lecciones aprendidas.
Gracias, pequeño, porque me has enseñado cosas maravillosas, sobre todo a amar y a conectar profundamente. Espero que volvamos a vernos.