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Mensaje de nuestro editor, número #48: «Dejar ir para alcanzar un conocimiento superior»

Cuando mis hermanos y yo nacimos, lo habitual era que a las madres las durmieran con anestesia general durante el parto. Pasaban el parto solas, confinadas en camas parecidas a cunas, y, al acercarse la fase de transición, las dormían, por lo que se perdían toda la experiencia del parto. A los padres no se les permitía acercarse; se quedaban en la sala de espera del hospital, dando vueltas de un lado a otro y fumando un cigarrillo tras otro.

El día que nací, mi madre estaba colocando losas en el jardín delantero. Quería terminar de colocarlas… supongo que era una especie de proyecto final para preparar el hogar, y como yo era su tercer hijo, las primeras fases del parto pasaron a las últimas sin que ella se diera cuenta. Cuando por fin se dio cuenta de que estaba avanzando rápidamente, miró a mi padre y le dijo con firmeza: “Será mejor que nos vayamos ya mismo”. Así comenzó el frenético trayecto de 45 minutos en coche hasta el hospital, con ella exclamando: “¡Ay, ay… ya viene!” (Mi madre quería un niño).

Llegaron al hospital, donde las enfermeras llevaron rápidamente a mi madre a una habitación y la subieron a una cama. Consiguieron quitarle los pantalones “pedal pusher” y yo salí casi al instante, con los calcetines cortos y las zapatillas todavía puestas. De alguna manera, incluso entonces, desafié el statu quo y evité los efectos negativos de sus métodos quirúrgicos de parto.

De pequeña, no sabía nada sobre el parto. Simplemente, nunca había visto uno en persona y ni la televisión ni los colegios se atrevían a mostrar imágenes de uno. Por eso, el parto me inspiraba un miedo a lo desconocido. Y con ese miedo venía la idea de que los hospitales eran el lugar donde había que dar a luz. Si un parto tenía lugar en casa, la gente lo consideraba un terrible accidente y pensaba que la mujer y el bebé habían tenido “suerte” de haber salido con vida.

”La vida es el eje central de la quiropráctica. Es a través de la manifestación de la vida como salud como el espíritu puede expresarse a través de la materia por medio del alma. Si el alma es vida inteligente, la vida es acción inteligente”. —D. D. Palmer

Avancemos hasta cuando tenía 19 años, cuando me fracturé la columna en dos puntos. Tom y yo vivíamos juntos por aquel entonces, mientras nos ganábamos la vida para pagarnos la universidad. Tras un año de tratamiento ortopédico con mejoras mínimas, acabé acudiendo a un quiropráctico. Tuvimos la gran suerte de empezar con un quiropráctico que nos explicó el verdadero propósito que se esconde tras los ajustes. Sí, nos explicó, trabajamos sobre la columna vertebral, pero nuestro objetivo no es tratar el dolor de espalda. Trabajamos sobre la columna, ajustando las vértebras desalineadas, para aliviar la presión sobre el sistema nervioso vital. Esto permite que el sistema nervioso central facilite la comunicación con todo el cuerpo —con cada sistema, célula y órgano—. De este modo, se potencia al máximo la sabiduría innata de nuestro cuerpo para que se exprese tal y como está diseñado para hacerlo.

Mi espalda mejoró, pero también lo hizo el funcionamiento normal de muchos sistemas de mi cuerpo, y eso me impresionó mucho. Mi asma desapareció, mis alergias a los animales, que había padecido toda la vida, se aliviaron, mis frecuentes dolores de cabeza cesaron y mi ciclo menstrual se regularizó. Vi cómo mi cuerpo se curaba, se regeneraba y rebosaba más vida.

Tom y yo decidimos estudiar quiropráctica y elegimos una escuela que se adhería a la premisa fundamental y original de la quiropráctica: «La vida expresa inteligencia». Nuestra actitud empezó a cambiar. La veneración ciega por la asistencia sanitaria tecnológica se desvaneció. Empezamos a razonar a partir de un nuevo principio de vida y a comprender que la vida es más inteligente de lo que jamás llegaremos a saber. Por encima de todo, este principio profundo y racional nos infundió confianza al acercarnos a las siguientes etapas de nuestras vidas. Cuando nos quedamos embarazados, todavía estábamos en la universidad y, con esa nueva confianza, decidimos tener un parto en casa.

En aquel momento y en aquel lugar no había comadronas disponibles para partos en casa. Gracias al libro de Ina May Gaskin, *Spiritual Midwifery*, encontré el apoyo que necesitaba para dar a luz a nuestro primer hijo sin asistencia. *Spiritual Midwifery* confirmó el principio de que la vida es inteligente. Ofrecía numerosas historias de partos que reforzaron nuestra convicción de que la inteligencia del cuerpo sabía cómo hacer lo que para él es normal y natural. Nos mostró que la fuerza para dar a luz proviene de nuestro interior y que, cuanto más respetamos y confiamos en el proceso, más fuerza tenemos.

Para mí, el parto fue intenso. Sentí un dolor que nunca antes había sentido en mi vida. Llegué al umbral del que hablan las comadronas, ese momento en el que hay que soltar y dejarse llevar por el proceso. En consonancia con mi personalidad en aquel momento, seguí aferrándome con fuerza a mi ilusión de control. La firme confianza de Tom en la inteligencia del cuerpo me proporcionó una fuerza reconfortante. Me ayudó a mirar hacia mi interior para encontrar el valor basado en el razonamiento de que “por supuesto que mi cuerpo puede hacerlo; las mujeres estamos diseñadas para dar a luz”.”

Con la paz y la humildad que conlleva el dejar ir, tuvimos a nuestros seis hijos en casa. Cada parto fue diferente y reflejó el estado emocional en el que me encontraba en ese momento concreto de mi vida. Todos y cada uno de los partos me llevaron a los brazos de mi sabiduría superior. La confianza en la vida misma se instaló en mi corazón y en los corazones de todos los presentes.

El parto es un rito de iniciación, a la vez que un honor y un despertar. Nos afecta en todos los niveles de nuestro ser. Estoy sinceramente agradecida por el valor que encontré para dar a luz tal y como lo hice. Sé que el hecho de conectar con el principio quiropráctico de forma práctica me allanó el camino. Que la sabiduría de Ina May validara mi forma de entender las cosas, que aceptara el apoyo de Tom y que me dejara llevar para confiar en mi ser interior… Por todo ello, estaré eternamente agradecida.