Tiempo para simplemente ser
Las historias que me cuentan los padres nunca dejan de sorprenderme. Como la de aquella madre que se sentía presionada para apuntar a su hijo de dos años y medio al programa de fútbol local —el local, competitivo ¡programa de fútbol!
“En nuestra ciudad”, dijo, “se insiste mucho en que los niños compitan y tengan éxito. Y sé que otros padres me miran como si estuviera fallándole a mi hija, pero no voy a ceder a la presión. No voy a apuntarla a todos esos programas con solo dos años”.”
¡Bien por ella! Ya sea por miedo a que sus hijos no consigan entrar en la universidad que elijan, a que nunca encuentren lo que les apasiona o a que se vuelvan perezosos y desmotivados si no participan constantemente en actividades organizadas, son demasiados los padres de hoy en día responsables de que sus hijos tengan una agenda sobrecargada y no dispongan de tiempo simplemente para ser ellos mismos.
¿Qué ocurre cuando el tiempo de un niño está planificado y programado —dirigido por otra persona— desde la mañana hasta la noche, día tras día? Una madre me escribió: ‘Si los padres trabajan toda la jornada y los niños van a un colegio tradicional, el niño acude a la guardería antes del colegio sobre las 7:30 de la mañana, luego va al colegio y después a la guardería extraescolar hasta las 17:30 aproximadamente. Después tiene dos horas para hacer los deberes. Si a eso le sumas un deporte por temporada, tiene dos horas de entrenamiento o de partidos una o dos veces por semana. ¡Así que la “jornada laboral‘ del niño supera las doce horas!’.”
Además del estrés que provoca, una vida sobrecargada de actividades y compromisos desde una edad temprana garantiza que la niña nunca sea capaz de entretenerse por sí misma; nunca podrá vivir en su propio mundo interior; no sabrá lidiar con la soledad ni con los momentos de tranquilidad. Puede que no disfrute mucho de ello de adulta, pero por su propio bien espero que al menos haya algo. Y cuando lo haya, sería tremendamente triste que sintiera pánico ante la idea de tener que entretenerse por sí misma y, por lo tanto, sintiera que tiene que estar necesariamente en compañía de otras personas.
Si los padres quieren que sus hijos crezcan siendo personas ingeniosas, deben asegurarse de que empiecen a practicar desde ahora. Eso significa que deben garantizar que sus hijos dispongan de mucho tiempo libre, preferiblemente en largos periodos de tiempo ininterrumpidos.
Rebecca Isbell, educadora de la primera infancia y autora, afirma que los periodos de tiempo que los niños necesitan para jugar sin interrupciones varían en función de su nivel de desarrollo. Según ella, los niños pequeños necesitan un mínimo de 30 minutos para mantenerse concentrados en actividades lúdicas que les interesen. Los niños en edad preescolar necesitan entre 45 y 60 minutos. Y los niños de los primeros cursos de primaria que están concentrados en su juego pueden necesitar una hora o más para llevar a cabo su actividad hasta el final.
A continuación, te presento algunas preguntas extraídas de mi libro,
Un buen comienzo:
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Si los niños empiezan a vivir como adultos desde pequeños, ¿qué les depara el futuro?
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¿Cómo podemos asegurarnos de que nuestros hijos no acaben agotados por todas las exigencias y la presión antes incluso de llegar a la pubertad?
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Si les hemos privado de la magia de la infancia, ¿en qué se apoyarán los niños más adelante para hacer frente a las dificultades y tribulaciones de la vida adulta?
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¿Qué será de esa naturaleza infantil a la que recurren los adultos cuando necesitan recordar el placer que se encuentra en las cosas sencillas, cuando necesitan sacar a relucir ese espíritu lúdico que hace que la vida merezca la pena?
- ¿Qué alegría encontrarán nuestros hijos cuando sean adultos si el afan por “triunfar” se convierte en el único propósito de su vida?
Reflexionemos sobre el valor del juego libre y creativo, en comparación con las actividades programadas y excesivamente estructuradas —tan habituales— que nos han hecho creer que son tan beneficiosas.