Pensar más allá de la silla
Nuestro entorno físico es constante, lo que significa que hay fuerzas que actúan continuamente, moldeando nuestros cuerpos en una estructura a la que recurriremos en el futuro. Por desgracia, el conjunto de fuerzas que las personas modernas tienden a generar da lugar a una estructura que no se adapta bien a las funciones biológicas básicas, como la digestión, la respiración, la procreación, etc. Los problemas relacionados con nuestra estructura suelen aparecer entre los 30 y los 40 años, lo que perpetúa la idea de que las dolencias que padecemos son una especie de “desgaste” de las partes del cuerpo; sin embargo, en realidad, las dolencias que experimentamos en la edad adulta comienzan mucho antes. Por ejemplo, la osteoporosis —una enfermedad en la que los huesos pierden densidad y se vuelven más propensos a sufrir fracturas y roturas— se sabe ahora que es un problema derivado de no haber alcanzado la masa ósea máxima durante la infancia.
Millones de personas padecen estas enfermedades de la opulencia —enfermedades que surgen en culturas con una alimentación abundante pero de mala calidad y con malos hábitos de actividad física—; sin embargo, las numerosas investigaciones que demuestran (una vez más) que necesitamos movernos más rara vez se aplican a la vida real, donde se producen largos periodos de inactividad.
Muchos piensan: “Oye, camino una milla cada día” o “¡Voy en bici al trabajo!”, y eso es fantástico. Pero en estos casos estamos intentando conseguir con una sesión de ejercicio el efecto que tiene en el cuerpo el movimiento a lo largo de todo el día. Del mismo modo que ingerir las calorías de una sola comida (700) no nos da la energía necesaria para todo el día como lo hace una ración completa de 2.500 calorías, nuestro enfoque del ejercicio —una hora al día— equivale a una privación de movimiento.
Incluso en el caso de los deportistas de competición, las últimas investigaciones demuestran que las personas pueden ser a la vez activas y sedentarias.
Haz cuentas. Aunque hagas ejercicio una hora al día, siete días a la semana, el tiempo total que dedicas al movimiento equivale a la friolera de 420 minutos de los 10.080 minutos que tiene una semana, es decir, aproximadamente el 4 % del tiempo total. El resto del tiempo, en el 96 % restante de los minutos de la semana, tanto quienes hacen ejercicio como quienes no se pasan el tiempo sentados en sus sillas, en sus escritorios y frente a sus libros y ordenadores.
Al igual que tú, pienso mucho en mi postura a lo largo del día. O quizá tú no te fijes en tu propia postura durante todo el día, pero sí pienses en la postura de tus alumnos o en la alineación de los niños en general. La postura del cuerpo humano es fundamental; son las posiciones de las distintas partes y la forma en que se utilizan a lo largo del día las que generan las fuerzas que acaban dando forma al cuerpo. Sin embargo, la mayoría de los parámetros para una “buena” postura provienen de la ciencia de la ergonomía, lo que no significa necesariamente que sean lo mejor para ti y para tu cuerpo. El problema de recurrir a la ciencia de la ergonomía a la hora de seleccionar la postura óptima es que la ergonomía no es la búsqueda científica de lo que es mejor para el cuerpo humano, sino la búsqueda científica de cómo se puede colocar mejor el cuerpo humano con el fin de volver al trabajo al día siguiente, y luego al siguiente, y al siguiente, y al siguiente, hasta la edad de jubilación.
Se trata de permanecer en una misma postura durante ocho horas o más seguidas. Encontrar una postura de trabajo óptima, por lo tanto, no tiene tanto que ver con tu salud a largo plazo como con tu rendimiento durante un breve periodo de tiempo laboral. Es fundamental que leamos la letra pequeña de la etiqueta ergonómica: advertencia. Permanecer inmóvil es perjudicial para tu cuerpo. O, dicho de otra forma: en realidad no existe una forma “óptima” de sentarse; solo hay una forma de sentarse que ejerza una carga menos perjudicial sobre las partes dañadas por el sedentarismo crónico. Centrar nuestra energía en la inmovilidad óptima es como buscar la dieta de 600 calorías más nutritiva en lugar de resolver el problema de la desnutrición.
Definir con mayor claridad los términos «postura» y «alineación» puede resultarnos útil para recordar por qué lo que buscamos no es una postura en sí, sino un conjunto de fuerzas ante las que el cuerpo responde adecuadamente.
Postura: La forma en que se coloca el cuerpo al estar sentado o de pie. Para explicarlo con más detalle, la postura es la orientación de las partes. La postura se cuantifica midiendo cómo se sitúan las partes unas respecto a otras y respecto al suelo. Quizá resulte más fácil imaginar el cuerpo sobre una cuadrícula en la que se puedan representar las partes en un gráfico.
Alineación: La colocación correcta o el estado de ajuste de las piezas (por ejemplo, de un dispositivo mecánico o electrónico) unas respecto a otras.. Tanto la postura como la alineación tienen que ver con la posición, pero se diferencian en que la definición de “alineación” incluye la palabra “correcta”. Es esta idea la que distingue a ambas. «Correcta» no implica «mejor» en un sentido condescendiente, sino que se define como «del tipo requerido; adecuada o apropiada». Del mismo modo que existe una dieta correcta para el ser humano (o para un caballo, una serpiente o un tigre), existe una alineación correcta.
Una dieta adecuada se compone de una amplia variedad de componentes nutricionales. La alineación adecuada se compone de cargas nutricionales —deformaciones variadas y únicas (piensa en microdeformaciones) de la estructura física— que dan lugar a una expresión genética concreta que determina tu estructura.
Si conduces un coche, probablemente hayas tenido que ajustar la alineación de las ruedas en alguna ocasión. En este caso, tu mecánico no está buscando la posición más «atractiva» para una rueda. La alineación de las ruedas no tiene nada que ver con el posicionamiento estático, sino con cómo, una vez en movimiento, la interacción de un sistema —la carretera, las ruedas, los neumáticos, los componentes de la suspensión y otras cosas de las que no tengo ni idea— no causa un daño excesivo a ninguna otra pieza que forme parte del sistema.
Para conseguir una alineación óptima de las ruedas, el mecánico debe tener en cuenta los puntos de fatiga del material, las fuerzas generadas por la velocidad, el terreno (¿tu vehículo circula fuera de carretera?), la presión de los neumáticos, etc. En resumen, la alineación implica tener en cuenta las fuerzas. O dicho de otra forma, la postura es la orientación visible de las partes, mientras que la alineación abarca las fuerzas invisibles generadas por movimientos concretos. Todo esto es una forma larga de decir que una buena alineación requiere movimiento. Sin movimiento, no se pueden generar las fuerzas que tu cuerpo necesita.
Esto no quiere decir que no podamos crear un mejor perfil de carga estando quietos. Podemos y debemos seguir esforzándonos por mantener una buena postura al sentarnos, pero hay una cuestión más importante en juego en lo que respecta a la salud de los niños —tanto ahora como en el futuro— que solo puede resolverse mediante el movimiento. No existe ninguna posición estática que optimice el desarrollo humano.
Investigar la epidemia de problemas de salud entre los niños es una pérdida de tiempo y dinero si no reconocemos el papel que desempeñan los padres y los educadores a la hora de fomentar su tranquilidad. Debemos cuestionar la creencia arraigada de que los niños tienen que estar quietos para alcanzar nuestros objetivos educativos.
Esto me lleva al aula. No solemos verlo así, pero si tuviéramos que cuantificar las habilidades que se practican en el aula desde los 5 hasta los 18 años, la actividad que se llevaría el premio a “la que más tiempo ocupa” no sería la lectura, la escritura, las ciencias, las matemáticas, la música, la educación física, el pensamiento crítico ni el arte. La ganadora sería estar sentado.
No pretendo hacer bromas, sino ser totalmente claro. El aprendizaje moldea tanto la mente como el cuerpo de un niño, y el estímulo más frecuente en nuestro mundo moderno es mecánico —en este caso, las cargas que genera la silla moderna—. Supongo que nuestra adaptación estructural a la posición sentada resulta útil, ya que la mayoría de los adultos recurrirán a estas adaptaciones celulares creadas en la infancia para mantener su postura más habitual como adultos: también sentados.
Llegados a este punto, me gustaría proponerte que, durante el resto del tiempo que dediques a leer este artículo, te sientes en el suelo. Lo hago porque me gustaría que experimentaras (quizás) la resistencia interna que todos tenemos, de forma totalmente natural, ante el cambio. Sentarse en el suelo supone exigirle al cuerpo que gaste energía: aumentando la masa muscular y la longitud de los tejidos, haciendo circular más sangre y absorbiendo más oxígeno. Todo ello debido a cómo y dónde te sientas. Me gustaría que experimentaras tu propia resistencia personal a una experiencia sin sillas, porque eres tú, quien estás leyendo este artículo, quien acabará moldeando la mente y el cuerpo de un niño a través de tu propia relación personal con esta idea. Así es como funcionan los memes.
Un meme es un elemento de una cultura o un sistema de comportamiento que se transmite de un individuo a otro por medios no genéticos, especialmente mediante la imitación. La preferencia de los adultos por una silla moldea el cuerpo, lo que a su vez moldea la cultura (¡asientos envolventes en todas partes!), y esto, a su vez, moldea a los niños, que empiezan a sentarse en ellos a edades cada vez más tempranas. Se trata de un círculo vicioso de comportamiento.
Propongo una solución sencilla y económica —es decir, “gratis”—: quitar las sillas del aula. Utilizar diversas posturas para realizar el trabajo, de modo que el cambio entre ellas genere las fuerzas necesarias. Moverse más a lo largo del día y estructurar las clases en torno al movimiento, sin convertir este en algo ajeno a la vida o al aprendizaje.
El antropólogo Gordon Hewes dedicó tiempo a catalogar los hábitos posturales de todo el mundo y señaló que la forma en que mantenemos el cuerpo es una especie de comunicación no verbal que refleja lo que la persona está “diciendo”. Basada en su investigación, la ilustración anterior es una recreación de cómo el resto del mundo disfruta de sus momentos de descanso.
Me gustaría matizar el trabajo del Dr. Hewes diciendo que nuestros cuerpos no solo se comunican en nuestro nombre, sino también en nombre de nuestra cultura. Entretejidas en las posturas que adoptamos cuando estamos felices, tristes, orgullosos o avergonzados se encuentran las posturas que nos han legado quienes nos precedieron, a través de un proceso subconsciente y no genético de transmisión. Llevamos puesto el legado físico de los pensamientos y las emociones de quienes nos precedieron.
Ha llegado el momento de reconocer que lo que estamos transmitiendo no es beneficioso, o quizá ya no lo sea. Por mi parte, me gustaría transmitirles colectivamente a nuestros hijos que su movimiento no solo está bien, sino que es bueno, saludable y fundamental. Creo que quitar las sillas de las aulas sería la medida más sencilla que podríamos adoptar como padres y educadores para lograr el mayor cambio en la trayectoria de la salud en nuestra cultura. Es la forma más sencilla de permitir que nuestros hijos —y sus cuerpos— “hablen” por sí mismos, ahora y en el futuro.