El idioma de nuestra infancia
La importancia de volver a conectar con nuestro plexo solar se adentra profundamente en nuestro bienestar. En nuestro centro del ombligo existe todo un mecanismo que nos permite comprender el mundo y hacer frente a las tensiones físicas de la vida.
Los niños pequeños parecen reconocer la importancia del centro del ombligo. Muestran una fuerte conexión con él de muchas maneras. Cuando dibujan sus “primeros dibujos” de personas, a menudo resaltan el ombligo dibujando una gran barriga a la que se unen las extremidades. Con las manos se agarran a este centro en momentos de estrés o de alegría intensa. Cuando duermen, inhalan aire hacia él sin esfuerzo con cada inspiración. Mientras están sentados, se colocan de tal manera que el vientre descansa cómodamente delante de su cuerpo —un contrapeso para mantener su postura perfecta—, como el Buda. Incluso cuando caminan, parecen guiar sus cuerpos con el ombligo, corriendo de un extremo a otro de la habitación.
Durante los primeros meses de vida, el bebé establece un vínculo con sus padres a través de una relación de imitación. Esta experiencia no verbal e intensamente emocional fuera del útero nutre el plexo solar del bebé y lo mantiene muy vivo. Desde la primera infancia hasta la niñez, este centro se convierte en la mente del niño y, durante las primeras etapas de la vida, el niño aprende a interpretar el mundo a través de sus sentimientos.
En algún momento del camino de la educación y la imitación, los niños empiezan a desarrollar una mente “crítica” y, pronto, esta nueva mente intenta derrocar al Buda desde el vientre. La actividad del centro del ombligo se va reduciendo, como una lengua materna que ya no se practica. Hay quien considera esto un triunfo de la racionalidad, el intenso enfoque en el desarrollo del cerebro. Pero sin el apoyo activo de una base subyacente, la mente racional nunca podrá dar sentido al todo. Al quedar separadas de una fuente fundamental de energía, las partes distales del cuerpo (brazos, piernas y cabeza) se tensan de forma crónica y nos cuesta realizar tareas básicas de movimiento, como sentarnos erguidos.
La buena noticia es que podemos reactivar nuestro plexo solar y recuperar nuestro poder fundamental mediante la atención consciente. ¡Y los resultados son asombrosos!
Pero primero debemos aprender a imitar a los niños, porque ellos nos ofrecen una visión profunda de esta conexión fundamental. ¡Lo primero y más importante es aprender a respirar con el abdomen! No hay ninguna otra actividad que active el centro del ombligo más rápidamente. Respirar con el abdomen nutre la innumerable cantidad de células y nervios que hay en el plexo solar. Los órganos internos se descongestionan y se abre un camino desde el centro del ombligo hasta la mente pensante, por el que podemos transferir, tanto como queramos, la energía caótica del cerebro hacia el plexo solar, donde realmente puede utilizarse para nuestra comprensión.
Cuando somos lo suficientemente conscientes de la presencia de nuestro centro del ombligo, podemos empezar a practicar el arte de la conectividad entre el centro y las extremidades, o el resplandor del ombligo. Esta práctica consiste en actuar desde nuestro centro, dejando que el centro del ombligo haga el trabajo por nosotros, ya sea sentarnos, comer, caminar, limpiar o criar a un hijo.
La clave está en la atención. Aunque esta práctica nos resultaba natural cuando éramos niños, ahora, con la actividad constante de nuestra mente pensante, es imposible que el resplandor del ombligo se produzca de forma automática. Debemos recordar estar atentos a nuestro plexo solar, respirar conscientemente hacia él y dejarnos llevar por él, todo ello mientras realizamos nuestras actividades cotidianas.
El mayor regalo que nos brinda el resplandor del ombligo no es la capacidad física, sino el resurgimiento del lenguaje de nuestra infancia. Hay quien desearía poder volver a la infancia sabiendo lo que sabe ahora. Como adultos, hemos dejado atrás muchos años, ¡pero nuestra infancia no ha quedado atrás! Más bien parece que nuestra vida adulta nunca ha llegado a abrirse de verdad.
Los niños nos animan a abrirnos y a irradiar desde nuestro interior. Este parece ser el regalo de la paternidad: tener pequeños que nos ven. Contentos con este pequeño reconocimiento, volvemos a relajarnos y a ser quienes solemos ser. Pero no basta con conformarnos. Somos seres independientes. Debemos aprender a disfrutar por nosotros mismos del regalo de nuestro propio resplandor. Debemos demostrarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos que el fuego nunca tiene por qué apagarse.