El hemisferio derecho del cerebro se desarrolla primero: por qué el juego es la base del aprendizaje académico
¿Sabías que el hemisferio derecho del cerebro se desarrolla primero? Esto ocurre cuando los niños cumplen los 4 años. El hemisferio izquierdo, por su parte, no alcanza su pleno funcionamiento hasta que los niños tienen aproximadamente 7 años; por eso se considera que los primeros siete años son un periodo tan crucial en el desarrollo infantil.
La funcionalidad del hemisferio izquierdo del cerebro se centra en el lenguaje, el cálculo, la lectoescritura, el análisis y el tiempo. Es la parte lógica, calculadora, planificadora y laboriosa de nosotros mismos que nos mantiene anclados en el mundo pragmático, así como en el pasado y en el futuro. El hemisferio derecho, por su parte, es responsable de la empatía, la intuición, la imaginación y la creatividad. Es donde nos preguntamos, soñamos, conectamos y cobramos vida. A través del hemisferio derecho nos sumergimos en el espacio del «no tiempo», en el estar absolutamente presentes. El hemisferio izquierdo se interesa más por los resultados o el producto, mientras que el hemisferio derecho se preocupa mucho más por el proceso: lo que importa es el camino, no el destino.
Hay otro aspecto fundamental que hay que comprender: el hemisferio derecho del cerebro nos conecta con nuestro sentido ilimitado del «ser». El «ser» es lo primordial —de ahí que el hemisferio derecho se desarrolle primero; de ahí que seamos «seres humanos», y no «hacedores humanos»—. El hemisferio izquierdo está mucho más interesado en el «hacer». Los niños pequeños, en los que predomina el hemisferio derecho, por el contrario, se sienten muy satisfechos simplemente con «ser».
“La lógica te llevará de A a B. La imaginación te llevará a todas partes”. —Albert Einstein
Al comprender esto, podemos apreciar mejor por qué el juego es tan importante en el aprendizaje y el desarrollo durante la infancia, y por qué debemos ser muy cuidadosos con la cantidad y el momento en que introducimos los programas académicos que diseñamos para los niños. Debemos tener cuidado con el énfasis que ponemos en el resultado (lo que los niños han logrado en el colegio) frente al proceso (en quiénes se están convirtiendo y qué sienten durante sus exploraciones). El hecho de que el hemisferio derecho del cerebro se desarrolle primero es una información relevante para educadores y padres a la hora de determinar qué es lo adecuado desde el punto de vista del desarrollo. Impulsar la alfabetización y la aritmética en los niños antes de los 7 años podría resultar perjudicial para sus cerebros en desarrollo. Si no tienen la capacidad de utilizar su mente académica de la forma en que se les exige, los niños pueden desarrollar lo que se denomina “estupidez aprendida”. Se creen incapaces y pierden su deseo natural de aprender.
La presión académica que se ejerce sobre los niños es un síntoma de una sociedad en la que predomina el hemisferio izquierdo del cerebro, o que ha olvidado el maravilloso mundo que es el hemisferio derecho. Es un indicador de que nos sentimos más seguros en el mundo literal, el control y la certeza del hemisferio izquierdo, mucho más que en la naturaleza incalculable y misteriosa con la que nos conecta el hemisferio derecho.
No se pueden medir los aspectos cualitativos de la imaginación, la empatía y la intuición; pero, por supuesto, sí se pueden medir las funciones prácticas y orientadas a los detalles asociadas al hemisferio izquierdo del cerebro. Sin embargo, cuanto más insistamos en que los niños se centren en aquellas cosas que se pueden medir, ¡más sentirán que no están a la altura!
Recordemos que la vida no se reduce a las habilidades en las que destaca el hemisferio izquierdo del cerebro ni a lo que logramos en este mundo. Más bien, la vida consiste en estar presente y conectar con aquellos a quienes quieres, o incluso con personas que ni siquiera conoces, tal y como hacen los niños con tanta naturalidad.
Un amigo mío me contó una experiencia reciente que ilustra esto: “Esta mañana, de camino a la biblioteca, me crucé en la acera con un niño pequeño, de unos dos años, y su madre. Al acercarme, el niño me miró con unos ojos tan vivos y atentos que, cuando le dije ‘Hola’, se agachó, recogió una hoja mojada del suelo y me la entregó. ¡Oh, la abundancia y la belleza de este mundo!”.”
Este es el don del hemisferio derecho. Mientras que el hemisferio izquierdo fragmenta la vida, el derecho la une. Por eso los bebés no perciben ninguna distinción entre ellos mismos y su entorno. ¡Todo es uno!
“La mente intuitiva es un don sagrado y la mente racional es un siervo fiel. Hemos creado una sociedad que honra al siervo y se ha olvidado del don”. —ALBERT EINSTEIN
Estos pequeños y sabios maestros nos recuerdan, gracias a su hemisferio derecho, que la vida consiste en disfrutar de las pequeñas cosas, en el encanto y la sorpresa; consiste en estar presente con el otro, prestarle un oído atento y escuchar entre líneas —no solo lo que se dice, que es lo que capta la lógica—. Con la ayuda del hemisferio derecho, llegamos a los rincones ocultos de nuestro corazón y del corazón de los demás, esas dimensiones secretas que dan sentido a la vida.
El hemisferio derecho es, en efecto, el patio de recreo —o, al menos, nos conecta con él—. Dejemos que los niños se sumerjan en este estado tan natural a través de su juego no estructurado y de todo lo que de él se deriva, como garabatear, la curiosidad, el asombro y la imaginación. Las personas que tienen un hemisferio derecho sano pueden utilizar mejor las herramientas de su hemisferio izquierdo de forma positiva. Ese es el propósito del hemisferio izquierdo lógico: servir al hemisferio derecho. El hacer está al servicio del ser. El ser es el suelo del que deben florecer todos nuestros planes, detalles y acciones si queremos experimentar la realización personal y contribuir de verdad al mundo.