Cómo criar una generación de niños inteligentes y sanos
La conexión entre la granja y la mesa se ha visto interrumpida por décadas de cambios en nuestro sistema alimentario.
Las consecuencias sociales de esta pérdida de conciencia sobre el origen de nuestros alimentos son casi incomprensibles. Con el aumento de la producción alimentaria mundial, las ciudades se han distanciado de las granjas locales y de los recursos alimentarios. A su vez, las granjas locales se han separado de la comunidad urbana y tienen dificultades para encontrar formas alternativas de vender sus productos a nivel local, en lugar de hacerlo a través de grandes empresas a larga distancia. Es posible que los residentes urbanos no tengan acceso a una gama variada de frutas y verduras a un precio asequible, y los supermercados, que cada vez se construyen más en la periferia de las ciudades, dificultan el acceso habitual a frutas y verduras frescas a quienes viven en la ciudad. Esta falta de acceso a alimentos nutricionalmente equilibrados en las zonas urbanas contribuye a los problemas de salud relacionados con la pobreza. Mientras nuestro sistema alimentario siga funcionando de esta manera, nuestra sociedad se enfrenta a un sinfín de retos. Uno de los mayores retos es la crisis sanitaria que supone la obesidad infantil.
Los niños no solo tienen sobrepeso debido a su estilo de vida sedentario, sino también porque ya no mantienen una relación saludable con la comida. En el supermercado de la zona siempre hay disponible una gran variedad de alimentos, por lo que nuestros hijos ya no comprenden en qué estaciones se cultivan los alimentos. Además, nuestros hijos rara vez establecen la relación entre su salud y la importancia de las verduras y los alimentos frescos, debido al consumo, la comercialización y la disponibilidad de productos alimenticios altamente procesados.
Pero, irónicamente, nuestros hijos no solo tienen sobrepeso, sino que también sufren una grave desnutrición. No me refiero a la desnutrición física debida a la pobreza generalizada que afecta a los niños de las comunidades urbanas y rurales —aunque es un factor—. Los niños de todos los niveles socioeconómicos tienen hambre de algo más. Tienen hambre de algo más que los alimentos con calorías vacías que se pueden encontrar en la tienda de barrio o en la máquina expendedora del pasillo del instituto local.
Nuestros hijos están deseando sentir el espíritu de comunidad, la familia y la sensación de pertenecer a un propósito mayor. No son conscientes de ello, pero anhelan la compañía que se siente al sentarse juntos a la mesa al final del día; no solo para disfrutar de la comida, sino también de la compañía que supone compartir una comida entre todos.
Al igual que en muchas comunidades de Míchigan, en Grand Rapids estamos reconstruyendo desde cero la relación de los niños con la comida. Uno de los lemas es: ’¡Que coman lo que cultivan!“. Padres y ciudadanos preocupados, educadores, empresas, organizaciones sin ánimo de lucro, autoridades sanitarias y responsables políticos están colaborando para lograr un cambio positivo en el entorno escolar, lo que incluye la creación de huertos escolares y aulas-cocina en los centros educativos.
Aquí, en Grand Rapids, las reacciones positivas de los casi 800 niños de entornos urbanos que participan cada año en nuestros programas confirman que los huertos escolares y las aulas-cocina son estrategias de probada eficacia para reeducar a los niños en materia de alimentación. En el huerto, los niños aprenden prácticas hortícolas básicas y el respeto por el medio ambiente al cultivar una amplia variedad de alimentos deliciosos y nutritivos. El huerto es una valiosa herramienta didáctica y puede servir como aula para enseñar ciencias exactas, ciencias sociales, artes y trabajo en equipo.
En el aula de cocina, los productos del huerto, complementados idealmente con productos de granjas locales, se incorporan a las clases de cocina. En la cocina, los niños aprenden habilidades culinarias, nutrición y habilidades sociales mientras preparan y comparten comida a partir de una selección de recetas de diversas culturas.
Pero no bastará con crear huertos y aulas de cocina para restablecer la relación de nuestros hijos con la comida. Nuestra sociedad debe valorar a nuestros agricultores, nuestros alimentos, nuestra salud y nuestro medio ambiente, y crear la infraestructura educativa necesaria para respaldar programas como estos. A todos nos interesa que nuestros hijos vuelvan a conectar con el ciclo de cultivo y preparación de los alimentos y, como padre comprometido y emprendedor social, estas son mis recomendaciones:
Creemos huertos y aulas de cocina para que nuestros hijos puedan aprender lo que significa estar en contacto con la tierra. Llevémoslos a los mercados de agricultores para que conozcan a las personas que cultivan nuestros alimentos; o, mejor aún, visitemos la granja en persona. También debemos sustituir los refrescos y los aperitivos de las escuelas por alternativas alimentarias saludables y de origen local. Debemos expresar nuestras ideas a los responsables escolares y trabajar juntos para encontrar alternativas que financien iniciativas que promuevan entornos escolares saludables para nuestros hijos. Comprometámonos a cultivar una comunidad en la que todos los niños estén bien alimentados; valoren la salud, la diversidad y la individualidad; y desarrollen un profundo sentido de pertenencia a un propósito mayor. Así conseguiremos una comunidad sana, no solo físicamente, sino también en espíritu.