11 cosas que me gustaría que todos los padres supieran
Tras 25 años ejerciendo como pediatra y atendiendo a miles de niños, he observado algunos patrones que me permiten tener una visión más profunda de la salud. Me gustaría compartir algunas de esas valiosas lecciones con los padres.
1) El crecimiento y el desarrollo no son una carrera. Hoy en día tenemos tanta prisa por crecer. En nuestro mundo mecanizado y postindustrial, marcado por la velocidad y la eficiencia, hemos olvidado que la vida es un proceso de maduración. Para obtener buenos frutos, hay que nutrir unas raíces fuertes. Presta atención al terreno que sustenta la vida de tu hijo: sal a dar un paseo con él, come con él, jugad juntos, cuéntale una historia sobre tus experiencias de cuando eras niño.
2) Crear tradiciones familiares fomenta unas raíces sólidas y una vida sana. Esto requiere tiempo y práctica. Las tradiciones personales son sagradas porque fomentan intercambios que refuerzan los lazos de amor e intimidad y forjan el tipo de confianza que ayudará a tu hijo a abrirse camino en este mundo.
3) Crecemos por ciclos. La vida de cada niño tiene su propio ritmo y pulso: a veces es rápida e intensa; otras, lenta y tranquila. Al igual que cada primavera nos trae una renovada sensación de aprecio por la vida, cada etapa de la vida de un niño es un momento de nuevos descubrimientos y asombro. Al fin y al cabo, el aprendizaje no es solo un proceso de acumulación de información. Es el proceso de transformar nuestras ideas y, a veces, esto requiere olvidar para poder ver con nuevos ojos. Algunos niños darán un paso atrás antes de dar un gran salto hacia adelante.
Crecer en ciclos significa que no tenemos una única oportunidad para aprender algo. La misma lección se nos presentará una y otra vez a medida que atravesamos las diferentes etapas de nuestra vida. Hay un profundo perdón en esta forma de entender la infancia, lo que, en mi opinión, alivia la presión que sienten los padres por “hacerlo bien” a la primera.
4) El apoyo no es lo mismo que la complacencia. No nos dedicamos a criar pequeños reyes y reinas. A los reyes no les va bien en nuestra sociedad. Estudios recientes han demostrado que la indulgencia, en realidad, debilita la capacidad de supervivencia de tu hijo, mermando su motivación y reduciendo su sensación de éxito.
Animar significa infundir valor a tu hijo, no hacer las cosas por él. Crea un entorno de apoyo que le abra un camino sin empujarle por él. El amor incondicional es el andamiaje que anima a tu hijo a arriesgarse, a experimentar y a fracasar sin ser juzgado. A veces, ser una presencia alentadora en la vida de tu hijo significa mantenerse un poco al margen, estar ahí para tenderle una mano compasiva cuando las circunstancias lo requieran, pero confiando en su ingenio innato.
El ánimo transmite amplitud de miras. La indulgencia, por el contrario, limita la libertad al inflar la sensación de que el niño tiene derecho a todo y al reducir la paciencia necesaria para superar los obstáculos cuando no se sale con la suya al instante. La indulgencia conduce a una mentalidad estrecha.
5) Que te saquen de quicio es una práctica espiritual, y los niños son nuestros maestros espirituales. No necesitas un costoso retiro espiritual para alcanzar la iluminación. ¡Tu pequeño maestro sabio está justo delante de ti, ofreciéndote verdadera sabiduría de forma gratuita!
Los niños observan cada uno de nuestros movimientos cuando son pequeños, analizando nuestras incoherencias mientras intentan entender este mundo tan loco. Y te lo harán saber. Cuando un niño te saque de quicio, recuerda: son tus puntos débiles, no los suyos. Tómate tu tiempo para escuchar lo que tu hijo está intentando enseñarte. Uno de los secretos de la paternidad es nuestra disposición a transformarnos por amor a nuestro hijo. Cuando estás dispuesto a analizar tus puntos débiles, abres las puertas a una conciencia más profunda de ti mismo que resulta transformadora tanto para ti como para tu hijo.
6) Un síntoma es la forma que tiene el cuerpo de hacernos saber que algo tiene que cambiar. La buena medicina se pregunta: “¿Qué pretende lograr el síntoma?”, en lugar de limitarse a suprimirlo. Nuestro cuerpo tiene su propia inteligencia y, sin embargo, gran parte de la publicidad farmacéutica intenta convencernos de que hay algo malo en sentir síntomas. Gran parte de mi formación médica se centró en acabar con los síntomas como si fueran el problema. (Esto es como decirle al cuerpo que se calle. ¡Es una descortesía!) No confiamos en la inteligencia del cuerpo. Pensamos demasiado y tendemos a tener miedo de las sensaciones de nuestro cuerpo.
Pero los niños me han enseñado que un síntoma como la fiebre no es, en realidad, el problema. Lo que sea que esté provocando la fiebre puede ser un problema, pero la temperatura no es más que la forma que tiene el cuerpo de intentar hacer frente a lo que está ocurriendo. ¿Qué otros síntomas presenta el niño? Si está juguetón, puede que no sea necesario bajar la fiebre. Eso significa que el cuerpo está intentando generar calor metabólico para movilizar el sistema inmunitario. Para ayudar al cuerpo a hacerlo, puedes darle líquidos tibios (no fríos) para que no se deshidrate, y alimentos nutritivos, como sopas, para avivar el fuego.
7) Prepárate. La frase que más se me quedó grabada de mi etapa como Eagle Scout fue el lema scout: “Siempre listos”. Se trata de un estado de preparación que puede alimentarse tanto de la confianza como del miedo.
Hoy en día practico lo que denomino “medicina preparatoria” en lugar de medicina preventiva, para que enfermar no se considere un fracaso. Estar sano no significa no enfermar nunca. La vida es un viaje con altibajos y el niño en crecimiento vive en un estado constante de cambio. Un sistema inmunitario resiliente es aquel que aprende a enfermar y a recuperarse. Llevar una vida demasiado aséptica nos priva de la información necesaria para estar plenamente preparados para recuperarnos.
En lugar de vivir con miedo a enfermar, hay formas naturales de ayudar a nuestros hijos a recuperarse de las enfermedades de forma rápida y eficaz: una buena alimentación, hidratación, probióticos, descanso y ejercicio. ¿Pero qué es lo más importante? En lugar de fijarte en la frecuencia con la que tu hija se pone enferma, celebra la frecuencia con la que se recupera.
8) La recuperación lleva tiempo. Lo más «alternativo» que practico hoy en día es tomarme mi tiempo. Como sociedad, somos adictos a las soluciones rápidas porque ya no tenemos tiempo para estar enfermos. Como médico, me formaron para ser una especie de bombero de lujo, capaz de gestionar las emergencias de forma rápida y eficaz.
En situaciones de emergencia, a menudo es necesario recurrir a medicamentos fuertes para salvar vidas, pero la mayoría de los problemas de salud en la infancia no son emergencias. En esos casos, para recuperarse se necesita algo más que medicamentos fuertes; se necesita tiempo. Soy consciente de que tener que faltar otro día al trabajo porque han mandado a un niño a casa del colegio con la nariz que moquea puede suponer un estrés adicional en nuestras vidas, que ya de por sí son estresantes. Pero los niños me han enseñado que la recuperación es una especie de proceso de desarrollo que también tiene sus propias etapas.
Cuando no nos tomamos el tiempo necesario para recuperarnos, privamos a nuestros hijos de las etapas necesarias de las que deben aprender para desarrollar una salud duradera. Cuando nos tomamos el tiempo para recuperarnos, la enfermedad se convierte en un viaje de descubrimiento, no solo en un destino; empezamos a ver nuestra salud y nuestra enfermedad como las dos caras de una misma moneda.
9) El secreto de la vida es saber dejar ir. La vida es un proceso de constante cambio. Las cosas que han pasado su mejor momento se transforman en otra cosa. Al igual que la primavera da paso al verano, cada etapa del desarrollo es un proceso de dejar ir. Gatear da paso a caminar. Balbucear da paso a hablar. La infancia da paso a la adolescencia. Al inspirar, se espira. Al comer, se defeca.
Cada estación, cada etapa, cada pequeño ritmo de nuestras vidas consiste en saber soltar. Esto nos permite deshacernos de lo que no necesitamos para hacer sitio en nuestras vidas a nueva información. Aprender a soltar no siempre es fácil, y cada niño tiene su propio estilo de adaptación y su propio ritmo. La naturaleza favorece la diversidad. Recuerda respetar la naturaleza única de tu hijo. De eso trata mi libro *Fire Child, Water Child*.
Quizá la forma más importante en la que los niños me enseñan a dejarme llevar es a través de su forma de jugar. Jugar significa dejar de lado nuestras inhibiciones; nos libera y nos permite no tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio.
10) Confía en ti mismo: tú eres el que mejor conoce a tu hijo. Una de las cosas más importantes que enseño a los padres primerizos es cómo confiar en sí mismos. En ningún otro momento resulta esto más abrumador que cuando un nuevo bebé llega a nuestras vidas. Se espera que lo sepamos todo y, sin embargo, sentimos que no sabemos nada. Pero los niños me han enseñado que este «no saber nada» puede ser una verdadera oportunidad para poner en práctica nuestra intuición.
La crianza consciente comienza por escuchar con el corazón abierto la vida de tu hijo, sin miedo ni pánico. Los estudios han demostrado que la intuición de una madre es más poderosa que cualquier prueba de laboratorio a la hora de detectar problemas. Por desgracia, hoy en día nos inundan con tanta información alarmista que interfiere en nuestra capacidad para escuchar nuestra propia intuición. (¡Piensa solo en la arrogancia de un médico que actúa como si conociera a tu hijo mejor que tú!)
Sigue el ejemplo de tu bebé. Míralo a los ojos. Imagina cómo se siente ser consciente del mundo antes de tener lenguaje, antes de todas esas etiquetas que nos asustan y dividen las cosas en buenas y malas, correctas e incorrectas. Los bebés no tienen enemigos. Esto es ver desde la fuente. Es lo que los budistas zen llaman “la mente del principiante”. Observa con atención cómo tu bebé respira con la barriga. Esta es la respiración del Qigong. Deja de pensar por un momento e intenta respirar así. Puede que las respuestas que necesitas te estén esperando ahí.
11) Adopta una perspectiva a largo plazo. Es fácil dejarse llevar por la urgencia de un problema, sobre todo a las 2 de la madrugada. Después de haber visto crecer a miles de niños hasta la edad adulta, lo que a veces parece un gran problema a los 4 meses o a los 14 años puede que no sea más que un pequeño bache en el camino. Los niños me han enseñado a tener una visión a largo plazo de la vida. Cuando damos un paso atrás y vemos el panorama general de nuestras vidas, descubrimos sabiduría y compasión.