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Experiencias prenatales y perinatales para la salud y la sanación

Ha pasado casi un siglo desde que Otto Rank, alumno y colega de Sigmund Freud, introdujera la psicología prenatal y perinatal. Su breve libro, *El trauma del nacimiento*, fue un regalo para su mentor y amigo en 1924. Esta sorpresa de cumpleaños detallaba cómo Rank consideraba que las dificultades durante el parto podían afectar a la psique de los bebés de tal manera que les marcara para el resto de sus vidas. Aunque Freud acogió con agrado el regalo, más tarde rechazó la hipótesis de Rank, lo que empañó la relación entre maestro y alumno. Desde entonces, esta idea ha seguido el mismo patrón en el resto del mundo. Un pequeño grupo de profesionales aceptó la creencia de que, efectivamente, las primeras experiencias de los bebés influyen en su comportamiento durante toda la vida, mientras que las comunidades médica, científica y popular ignoraron, se desentendieron o incluso rechazaron esta idea.

Hoy en día, en 2012, los avances en el desarrollo humano y la convergencia de diversas disciplinas —la neurociencia, la biología celular y las terapias de superación del trauma— respaldan la idea de que las experiencias tempranas tienen repercusiones para toda la vida en la salud y la felicidad. Estas experiencias —durante el periodo prenatal, el parto y el primer año de vida— afectan al niño tanto de forma positiva como negativa, dependiendo de lo que ocurra. La recuperación es posible, independientemente de las dificultades que surjan.

Tras Otto Rank, varios profesionales influyentes retomaron la idea de que estas experiencias de la primera infancia eran profundamente significativas; sin embargo, no fue hasta la década de 1960, tras la publicación de artículos de investigación sobre cómo interactúan los cuidadores y los bebés, cuando la importancia vital de este vínculo temprano recibió respaldo científico. Esta investigación detallaba cómo el estilo de apego entre la madre y el bebé podía tener implicaciones para toda la vida y multigeneracionales. Más tarde, el Gobierno de EE. UU. designó la década de los noventa como la “Década del Cerebro” y destinó una financiación considerable a la investigación científica en embriología, neurología y campos relacionados, especialmente al proyecto del genoma humano. Se pensaba que los seres humanos tenían más de 100 000 genes que podían cartografiarse y que, por lo tanto, la enfermedad y la salud podían seguirse fácilmente y, con suerte, manipularse en beneficio de todos. Sin embargo, solo se descubrieron 25 000 genes, y la investigación se orientó hacia el estudio de cómo el entorno influía en la expresión génica. Este campo de estudio se denomina «epigenética», es decir, la forma en que interactúan el entorno y la genética. Con el nacimiento de esta nueva era del epigenoma, la controversia entre «naturaleza» y «crianza» puede zanjarse por fin.

Hoy en día, investigadores, científicos, terapeutas, médicos y otros profesionales son conscientes de que, si bien los genes indican al cuerpo qué debe hacer y cómo desarrollarse, la información electroquímica —en sus múltiples formas— procedente de los pensamientos, sentimientos y experiencias de una persona influye en el funcionamiento de los genes. Además, las sustancias químicas presentes en el entorno que rodea a un ser humano influyen en la forma en que se expresan los genes. Estos cambios epigenéticos pueden ser multigeneracionales: las experiencias vividas por los abuelos, especialmente en momentos cruciales del desarrollo, influyen en la vida de sus nietos. Los genetistas están estudiando actualmente una variedad de enfermedades a lo largo de varias generaciones. Los profesionales pueden analizar cómo las experiencias influyen en el bebé en el útero, especialmente los niveles elevados de estrés.

Los padres y los profesionales deben saber que la forma en que se relacionan con su bebé, incluso antes de la concepción, puede influir en el desarrollo de este y también en el de las generaciones futuras. Las madres, los padres y las familias pueden analizar este paradigma y extraer de él lo que muchas madres han pedido una y otra vez: un manual de instrucciones para relacionarse con los bebés y los niños que les ayude a ayudar a sus hijos a encontrar la felicidad en el mundo. Todos los padres quieren lo mejor para sus hijos.

Quienes apoyamos el desarrollo humano conocemos las mejores prácticas y los procesos óptimos que los padres pueden tener en cuenta, y también podemos ofrecer apoyo si las experiencias vitales han sido difíciles. La vida es impredecible y, en su mayor parte, escapa a nuestro control, pero podemos hacer todo lo posible por influir positivamente en el resultado. Metafóricamente, podemos trazar nuestro rumbo como un marinero que consulta el cielo estrellado. Consideremos las experiencias positivas de la primera infancia como una constelación de estrellas, cada una de las cuales contribuye al bienestar del niño:

  • Linaje ancestral: las personas tienen vínculos afectivos sólidos y no hay enfermedades (algo poco habitual)

  • El padre y la madre están “conscientes” y preparados para la llegada del bebé

  • Hacer el amor es un acto tierno y deliberado

  • La concepción y la implantación son sencillas

  • El útero está sano y el bebé está creciendo en una buena posición.

  • La madre y el padre llevan una vida sana, con un nivel de estrés de leve a moderado.

  • Una atención prenatal adecuada y regular

  • El parto es óptimo, natural y sin interrupciones: ni demasiado corto ni demasiado largo.

  • El bebé no está separado de la madre, tiene mucho contacto piel con piel, “se acopla por sí mismo”; no hay dificultades para dar el pecho.

  • El periodo neonatal transcurrió sin complicaciones ni incidentes; se le alimentó exclusivamente con leche materna a demanda hasta, como mínimo, los 6 meses.

Los enfoques pre y perinatales de la salud y la recuperación pueden dividirse en varias áreas generales que favorecen el desarrollo humano desde antes de la concepción hasta los primeros años de vida. Por ello, el apoyo a las nuevas familias reviste una importancia vital. Hoy en día, la neurociencia, la biología celular, la investigación sobre el apego y los avances en la comprensión de la genética y el cerebro respaldan estas buenas prácticas. Como se ha mencionado anteriormente, no siempre ha sido así.

Patrones de apego

El apego seguro, o la salud interpersonal, es un proceso que cabe destacar y que abarca todas las disciplinas y etapas del desarrollo. El apego, o el vínculo entre el progenitor (cuidador) y el niño, ha sido objeto de intensos estudios desde la década de 1960, a partir de la investigación de Sir John Bowlby. Generaciones de investigadores han estudiado el impacto de los comportamientos de los cuidadores en el desarrollo humano, lo que finalmente ha llevado a los profesionales a clasificar estas relaciones a partir de sus observaciones iniciales. En la actualidad existen programas de formación destinados a enseñar a todo tipo de profesionales cómo reconocer el trauma en estas relaciones tempranas, así como los patrones de comportamiento que pueden influir en la visión del mundo de una persona. Muchos aspectos de la salud cognitiva y física tienen su origen en este aspecto concreto de la vida humana.

Hoy en día, los investigadores pueden predecir con una precisión del 85 % qué estilo de apego desarrollará una madre con su hijo, basándose en cómo fue tratada ella misma de niña y en cómo ha sabido superarlo desde entonces. La conclusión es que, para gozar de una salud óptima, los niños necesitan la presencia de un cuidador tranquilo y coherente que esté en sintonía con sus necesidades. Este cuidador no tiene por qué ser perfecto, basta con que sea “suficientemente bueno”. Una parte importante de la fórmula de la resiliencia es la capacidad de los padres para reconocer los errores o “desajustes”, pedir perdón de verdad al niño y modificar su comportamiento. Los padres ayudan a sus hijos a desarrollar la autorregulación siendo ellos mismos personas bien reguladas, siendo capaces de identificar y aceptar sus propias emociones, y ayudando a sus bebés y niños a hacer lo mismo.

Los padres adquieren una mayor comprensión de su herencia física, emocional y espiritual al conocer los patrones ambientales y de salud presentes en su linaje ancestral. También pueden acudir a profesionales especializados en el apego y obtener ayuda para abordar los patrones relacionales en sus vidas. Gran parte del trauma de la primera infancia radica en estos patrones relacionales. La buena noticia es que la toma de conciencia puede transformar estos patrones y que incluso los más conflictivos pueden convertirse en un presente sano y feliz.