El modelo de sanación vitalista
El principio vitalista moderno se introdujo en el siglo XIX, cuando Johann Friedrich Blumenbach (1752-1840) sostuvo que existe un impulso “innato” en los seres vivos hacia el autodesarrollo. Este principio del vitalismo sostiene que la vida no puede explicarse plenamente solo en términos de fuerzas químicas y físicas. Propone que existe una tercera “fuerza vital” (élan vital), independiente y distinta, necesaria para cualquier explicación de la vida. La vida del organismo y sus funciones dependen, por tanto, de esta fuerza vital, que difiere en su naturaleza de todas las fuerzas físicas, bioquímicas y eléctricas. Esta fuerza vital forma siempre parte de los procesos físicos, y nunca está separada de ellos, ya que la expresión inmaterial evoluciona junto con la estructura física.
Los primeros vitalistas del siglo XIX proponían que esta fuerza vital era la fuente misma no solo de la vida, sino también de la salud y la curación. Sin embargo, a finales del siglo XIX y principios del XX, la ciencia se volvió más cuantitativa, en una época en la que la medición objetiva lo era todo. Este periodo también fue testigo de la expansión de las terapias eléctricas y mecánicas, lo que no solo condujo al declive de las verdaderas artes curativas, sino también al rechazo de la idea de la energía vital. Los médicos “científicos” de principios del siglo XX utilizaron la biociencia para explicar la vida y tratar las enfermedades, y posteriormente desacreditaron el vitalismo. Sin embargo, la última parte del siglo XX y principios del XXI han sido testigos de un resurgimiento de las verdaderas artes curativas y de la filosofía vitalista en la que se basan.
La medicina es un arte de “curación”, con un objetivo diferente al de un arte de “sanación”. El Diccionario Médico de Dorland define la “medicina” como el arte y la ciencia del diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades mediante cualquier fármaco o remedio no quirúrgico. El objetivo de la intervención médica es reducir o eliminar los síntomas de la disfunción o el mal funcionamiento del cuerpo (enfermedad o dolencia) para que notemos menos nuestros síntomas o nuestra afección. El objetivo de la sanación es lograr una conexión holística más estrecha entre la mente, el cuerpo y el espíritu, de modo que podamos sentir más plenamente nuestra experiencia vital. No existe cura para la sanación, ya que la curación y la sanación son paradigmas separados y distintos.
Para sanar, debemos estar dispuestos a sentir las emociones que son la causa subyacente de la enfermedad. Los síntomas físicos no son la causa de estas emociones, sino más bien el efecto de no sentirlas. Son simplemente la forma que tiene el cuerpo de llamar nuestra atención para que se produzca el cambio necesario que nos permita sanar de forma integral.
Sanar de forma holística consiste en reconocer que el cuerpo, en su conjunto, está compuesto por partes interdependientes e interrelacionadas. El cuerpo físico es un componente del todo, que incluye el cuerpo emocional (el sistema límbico y las estructuras relacionadas) y el cuerpo espiritual (los chakras y los nadis). Cuando la Sabiduría Interior envía señales al cuerpo emocional a través de síntomas emocionales para iniciar un cambio, y el “mensaje” no se tiene en cuenta, experimentamos señales en forma de síntomas físicos de dolor y malestar.
Un aspecto fundamental de la filosofía vitalista moderna es el principio de que una fuente benigna de bienestar sustenta la vida, y que los organismos tienden a autorregularse, sin acumularse ni degradarse en exceso. Este equilibrio homeostático depende del flujo de la fuerza vital —una energía denominada “chi” en China, «ki» en Japón y «prana» en la India— que, si no encuentra obstáculos, puede restablecer continuamente el equilibrio. La teoría moderna de la homeostasis, o adaptación fisiológica, surgió de la mano del científico francés Claude Bernard (1813-1878). Como vitalista «experimental», destacó que los fluidos y las células del cuerpo humano se mantienen en un estado esencialmente constante, a pesar de los variados e interminables cambios en su entorno externo. La afirmación de Bernard de que la constancia del entorno interno es una condición primordial para la vida independiente de los animales superiores es una de las frases más famosas de las ciencias biológicas. También propuso que el mantenimiento de condiciones estables en el interior del cuerpo depende, de algún modo, del control neural y hormonal, lo cual constituía un concepto nuevo en el siglo XIX.
Casi 100 años después, el fisiólogo estadounidense Walter B. Cannon (1871-1945) amplió las teorías de Bernard sobre la adaptación fisiológica en su famoso libro *The Wisdom of the Body*. En esta obra, Cannon popularizó el término “homeostasis”, que describió como el hecho de que, en condiciones normales, el cuerpo humano mantiene sus procesos internos en un estado de equilibrio compensando continuamente los efectos perturbadores de las fuerzas externas.
Hoy en día, el principio del vitalismo se basa en el concepto holístico de que el cuerpo humano es más que la suma de sus partes, al tiempo que hace hincapié en la interdependencia de las partes y los procesos. Su premisa básica es que existe una fuerza inteligente que crea y sostiene a todos los organismos vivos, y que este principio vital inherente es distinto de todas las fuerzas físicas y químicas internas. El vitalismo parte de la base de que la vida se autodetermina y evoluciona por sí misma. El principio básico del vitalismo es que el cuerpo posee una inteligencia inherente (o innata) que anima, motiva, cura, coordina e inspira a los seres vivos. Esta «sabiduría interior» guía y dirige nuestras vidas por nuestros caminos individuales de sanación, para recuperar la integridad de la mente, el cuerpo y el espíritu.
La sanación es un proceso de evolución personal, crecimiento, desarrollo personal y autodescubrimiento. A medida que una persona se sana, su mente, su cuerpo y su espíritu establecen una conexión más estrecha. La sanación nos brinda la oportunidad de vernos a nosotros mismos con mayor claridad y de conectar más profundamente con nuestro yo físico, mental, emocional y espiritual. La verdadera sanación es un proceso que consiste en sentir más, aumentando nuestra conciencia de lo que sentimos en el momento presente.
A veces, cuando sentimos más, la experiencia es alegre y dichosa; otras veces, nos enfrentamos a una experiencia de sanación muy exigente. Ambas experiencias representan una oportunidad para el crecimiento personal. Y es que, a medida que experimentamos plenamente esa conciencia, nos conectamos más con nosotros mismos y, en consecuencia, nos sentimos más llenos de vida y vitalidad. Es a través de la disposición a experimentar todos nuestros sentimientos como creamos el entorno necesario para expresar más el amor puro e incondicional que se encuentra en lo más profundo de nuestro ser.
Mensajes de la sabiduría interior
En el modelo de sanación vitalista, los síntomas se consideran agentes de cambio y una forma de comunicación de la Sabiduría Interior. Un síntoma, ya sea físico o mental-emocional, es una señal de que se necesita un cambio en algún ámbito de nuestra vida. Juzgar si un síntoma es bueno o malo es una interpretación subjetiva, más que un hecho objetivo. Los síntomas no son ni buenos ni malos: son simplemente una señal de que se necesita un cambio.
El cambio es una parte fundamental del proceso de sanación. Para sanar, debemos estar abiertos al cambio. Esta disposición al cambio nos permite liberarnos de comportamientos, actitudes y sistemas de creencias del pasado que suponen obstáculos para el desarrollo personal y el crecimiento espiritual. Si hacemos lo que siempre hemos hecho, seremos lo que siempre hemos sido y obtendremos lo que siempre hemos obtenido. Resistirse al cambio significa que seguiremos siendo quienes no somos, lo que nos impide alcanzar la libertad inherente a convertirnos en quienes realmente somos: amor puro e incondicional.
La verdadera sanación implica la voluntad de transformar nuestras vidas a nivel físico, emocional y espiritual. El proceso de sanación y transformación está guiado por nuestra sabiduría interior, que se comunica con la mente a través de los sistemas energéticos del cuerpo. Cuando esta comunicación no se ve obstaculizada, podemos optar por escuchar y, de ese modo, transformar nuestra vida. Para que esta transformación sanadora tenga lugar, los sistemas energéticos del cuerpo deben estar libres de interferencias, de modo que la sabiduría interior pueda expresarse plenamente.
En un modelo de sanación vitalista, los síntomas pueden indicar un obstáculo en el flujo de energía. Una obstrucción grave de dicho flujo puede provocar un desequilibrio en nuestros sistemas energéticos, lo que puede manifestarse como un trastorno físico, mental o emocional.
Cuando la mente cultivada escucha la comunicación innata y decide someterse a un proceso de cambio, se produce la curación: una conexión más estrecha entre el cuerpo, la mente y el espíritu. El síntoma o la afección pueden ser una señal de alerta que indica la necesidad de iniciar el cambio necesario para sanar. Intervenir en el síntoma supone intervenir también en la toma de conciencia que dicho síntoma está tratando de generar. Cualquier intento de estimular o inhibir al cuerpo para lograr un cambio sintomático específico podría interferir en el proceso de curación. Inhibir el proceso de sanación innato en un intento de cambiar las sensaciones de conciencia “curándonos” de nuestros síntomas es imposible. No existe cura para la sanación.