¿Qué esperas?
En estos momentos hay obras en una carretera muy transitada cerca de mi casa. Paso por allí dos veces al día, pero ayer me fijé en una señal que no había visto antes. Decía: “Nuevas configuraciones de carriles: se prevén retrasos”. Al principio no me pareció extraño, pero, al seguir dándole vueltas, me pregunté por qué debía «prever» retrasos, en lugar de simplemente prepararme para ellos. Si salgo un poco antes de lo habitual, no tendré que preocuparme por llegar tarde, y si me llevo un CD extra para escuchar, entonces estaré preparado para un retraso. Y si al final resulta que no hay retraso, mejor aún. De esta forma, mi expectativa es que, pase lo que pase, todo irá bien.
Pero, de nuevo, ¿por qué debería esperar retrasos? La simple verdad es que no puedes escapar de aquello a lo que prestas atención. Cuando centro mi atención en esperar un retraso, es muy probable que lo sufra. Pero cuando espero que todo vaya bien pase lo que pase porque estoy preparado para ello, a menudo me ocurre lo mejor para mí. Este concepto se aplica a todas las facetas de tu vida… incluso a tu salud. Mi pregunta para ti es: ¿qué esperas que suceda con tu salud? ¿La energía de tus pensamientos, palabras y acciones se dirige a preocuparte por lo que podría salir mal, o hacia lo que quieres que salga bien? A la mayoría de nosotros nos han educado con la creencia de que nuestros cuerpos son intrínsecamente débiles y defectuosos, y que se deteriorarán sin una intervención médica continua. Esto comienza incluso antes del nacimiento: durante el embarazo, a las madres se les repite constantemente lo duro que es el parto y que necesitarán medicación para poder soportarlo.
Nada más nacer, nos dicen que necesitamos muchas vacunas, porque nuestro sistema inmunológico no está lo suficientemente preparado para afrontar la vida. Nos enseñan que es un problema si nuestro cuerpo sube de temperatura y que debemos tomar medicamentos para bajarla. Si somos creativos y activos en el colegio, nos dicen que padecemos una enfermedad que no nos permite concentrarnos ni funcionar con normalidad. ¡Incluso nos dicen que es muy probable que tengamos algún tipo de alergia a las partículas que hay en el aire que respiramos! Básicamente, nos dicen que no somos lo suficientemente buenos tal y como somos, pero que la medicación puede hacernos mejores. Esto continúa a lo largo de nuestras vidas y, sin darnos cuenta, transmitimos este legado de locura a nuestros hijos.
El paradigma quiropráctico adopta un enfoque totalmente opuesto respecto a la salud y la vida. Afirma que todos nacemos con una sabiduría innata y que, cuando expresamos plenamente esta energía vital inteligente, somos fuertes, sanos y libres para trabajar con alegría en la realización de nuestro propósito y nuestro potencial.
Si pierdes la capacidad de expresar plenamente tu fuerza vital, también pierdes tu estado natural de salud, o “bienestar”, y, en su lugar, te encuentras en un estado de “malestar”. Esto ocurre cada vez que pierdes la alineación o el funcionamiento normal de tu columna vertebral. Debido a la estrecha relación que existe entre la columna vertebral y el sistema nervioso, cualquier disfunción espinal provoca una pérdida parcial de conexión entre tu cerebro y tu cuerpo, y una consiguiente alteración en el flujo de tu energía vital. El proceso de ajuste quiropráctico restablece el libre flujo de la energía vital y te permite recuperar progresivamente la plena expresión de la salud y la vida. Al asegurarte de que tu cerebro y tu cuerpo puedan comunicarse de forma eficaz, llevar un estilo de vida saludable y mantener una actitud positiva, estarás preparado para lo que la vida te depare.
Las personas que se han criado con esta mentalidad tienden a aplicarla a todos los ámbitos de su vida. El legado que transmiten a sus hijos es uno de confianza, en lugar de preocupación: la confianza en que cada situación ofrece una oportunidad para crecer. Así que, una vez más, os pregunto:
¿Qué esperas?