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La mujer que decidió plantar maíz

Por Charles Eisenstein

No hace mucho, una amiga mía diné (navajo), Lyla June Johnston, me envió un correo electrónico de una sola línea: “No voy a ir a Harvard… Voy a plantar maíz”. Su afirmación supone un cambio radical respecto al camino que había emprendido cuando estudiaba la carrera en la Universidad de Stanford. En su lugar, ha decidido aprender las costumbres de su cultura, dominar su lengua, volver a aprender las habilidades tradicionales y establecer un vínculo íntimo con la tierra. La cultura dominante estadounidense no fomenta ese tipo de camino.

Ya habíamos hablado de ello antes, de su decisión de cursar un prestigioso máster en Harvard. Surgieron los temas habituales: las puertas que podrían abrirse, la credibilidad que podría dedicarse a una buena causa. Recuerdo haber observado lo habitual que es adoptar los valores y la mentalidad del entorno en el que uno se encuentra inmerso —convertirse en una criatura del mismo sistema que uno se propone subvertir—. Nos dimos cuenta de lo tóxico que era ese relato: “Mira, una mujer nativa americana también puede triunfar y estudiar en Harvard”. Tóxico, porque ensalza el mismo sistema de estatus y privilegios que ha marginado la cosmovisión, la cultura y el sistema de valores del que ella procede.

A menudo se dice que personas como Lyla son modelos a seguir para otras de origen similar. Pero, ¿modelos a seguir en qué? ¿En dejarse sobornar para ser cómplice del opresor? ¿En sumarse a la máquina que devora el mundo? ¿En sacrificar las relaciones y la cultura locales en aras del crisol de culturas? Sin duda, Lyla podría llegar muy alto en el mundo simbolizado por Harvard; ella misma podría convertirse algún día en profesora e impartir a los jóvenes un pensamiento anticolonialista. No obstante, toda esa enseñanza tendría lugar dentro de un contenedor —un aula dentro de una asignatura dentro de una universidad de élite dentro de un sistema de educación superior— que contradice implícitamente todo lo que ella querría enseñar. Sus alumnos pensarían: “Claro, pero al fin y al cabo ella también se beneficia del sistema”.”

Luego estaba la cuestión de que un título de Harvard abre puertas. La pregunta es: ¿puertas hacia qué? Sin duda, hoy en día mucha gente está más dispuesta a escuchar a una mujer indígena que además tiene un doctorado por Harvard que a otra que “solo planta maíz”. Las puertas de las prestigiosas conferencias, los centros de estudios y los círculos de poder estarían cerradas. (O al menos eso parecería. En realidad, hay puertas traseras para acceder a esos lugares.) Y eso sería una lástima… si es que esos lugares constituyeran el eje del cambio en nuestra sociedad, si es que en ellos es donde suceden las cosas importantes. Sin duda, lo que ocurre en Wall Street y en Washington es más importante que cualquier cosa que suceda en un maizal, ¿verdad? Sin duda, son las personas con talento y valía las que llegan a ocupar puestos de poder, y aquellas con menos dotes y menor desarrollo cultural las que deben conformarse con los campos, el hogar y los ámbitos más humildes, ¿verdad?

No es así. Lo que consideramos el centro del poder en el mundo es una ilusión, fruto de la teoría del cambio que dictan nuestras creencias culturales. Una forma de revolución consiste en entrar en las esferas del poder con la intención de volverlas en su contra; en (parafraseando a la escritora caribeño-estadounidense Audre Lorde) utilizar las herramientas del amo para desmantelar la casa del amo. Es un tipo de revolución más profunda reconocer las limitaciones de esas herramientas y saber que el cambio puede tener su origen en las personas y los lugares que hemos considerado impotentes. Lyla y las muchas personas como ella con las que me encuentro ya no creen que los inteligentes de Harvard y Yale vayan a encontrar las respuestas y arreglar el mundo; por lo tanto, ya no buscan ser admitidos en el club de élite de los que arreglan el mundo.

La decisión de Lyla es también un signo de que los tiempos están cambiando. En generaciones pasadas hubo unos pocos que superaron obstáculos inconcebibles para ir a la universidad, para abrirse camino en el mundo del hombre blanco. Su presencia allí suponía una afrenta a una ideología dominante que los consideraba parte de una raza inferior. Sus logros contribuyeron a desmontar esa narrativa, tanto a los ojos de los blancos como, lo que es más importante, a los ojos de aquellos de su propia cultura a quienes inspiraron. Hoy en día, sin embargo, las instituciones de élite se pelean por gente como Lyla, porque su presencia refuerza una nueva narrativa, más insidiosa: una narrativa de “igualdad de oportunidades” y “diversidad” que oculta la opresión sistémica que siguen sufriendo las minorías e ignora la destrucción y la absorción de sus culturas por parte de la monocultura dominante.

No estoy diciendo que no haya una labor importante que realizar dentro de las instituciones del poder. Solo digo que esa labor no es más urgente que la que validan los marcos culturales más antiguos, pero que la nuestra no lo hace. Tampoco condenaría a nadie que elija trabajar dentro del sistema. Algunos de nosotros tenemos dotes que se adaptan bien a ese trabajo. Pero no sobrevaloremos lo que ocurre en los pasillos del poder; no adoptemos ciegamente los criterios de éxito que nos ofrece el sistema establecido. Es muy posible que lo que te mantenga en el sistema sea un sentido de propósito, diversión y vida —o podrían ser sus omnipresentes sobornos y amenazas—. Todos podemos distinguir la diferencia cuando somos sinceros con nosotros mismos.

¿Quién puede saber cuáles son las repercusiones de la historia de «La mujer que decidió plantar maíz»? Lo que sí sé es que ese tipo de decisiones accionan palancas de poder que son invisibles para la «Historia del Mundo» de nuestra cultura. Fomentan la sincronicidad y dan lugar a lo inesperado. Nos llevan a lugares que no sabíamos que existían. Generan un movimiento en una nueva dirección, mientras que ceñirse a las convenciones del sistema dominante no hace más que aumentar su inercia.

Ya hemos dejado atrás un mundo en el que la lógica del poder es más importante que el maíz. Cuando haya suficientes personas que vivan según ese principio, los poderosos también tomarán decisiones diferentes, actuando en su papel de barómetros y canales de la conciencia colectiva.

Por favor, no confundáis la decisión de Lyla con un ejercicio de pureza ideológica, como si quisiera evitar la mancha del poder. Una explicación más acertada es que sabe que Harvard no es donde está la acción. Hay otros caminos que recorrer que no son menos importantes, y es fundamental que alguien los recorra. Veo cada vez a más jóvenes buscándolos hoy en día, tanto desde el seno de la cultura dominante como desde sus márgenes. Están saliendo de la «Historia del Mundo» de nuestra civilización; algunos ni siquiera llegan a entrar en ella.

Los mejores y más brillantes están abandonando el barco, e incluso aquellos que permanecen a bordo participan sin entusiasmo, pues intuyen el inevitable naufragio. Con el tiempo, incluso fingir complicidad se vuelve intolerable, ya que nuestro ansia por vivir una vida con sentido nos empuja hacia una historia nueva y antigua de interconexión, interdependencia y sanación social, personal y ecológica. Sin embargo, pocos de nosotros estamos libres de la programación de nuestra juventud, de nuestro adoctrinamiento en los valores del sistema; por eso, nuestra salida puede ser complicada, sujeta a vacilaciones, recaídas y desvíos. Como me dijo Lyla hace poco: “Aunque intelectualmente sé por qué estoy haciendo esto, sigo tan lavada el cerebro que me cuesta sentirlo de verdad con todo mi ser”.”

Cuando digo que espero que muchos otros sigan el ejemplo de Lyla, no pretendo presentarla como un ideal de integridad impecable. Al igual que muchos de nosotros, no tiene ningún mapa que le sirva de guía en este territorio inexplorado de la transición de nuestra civilización; solo cuenta con una brújula y, si mi propia experiencia sirve de referencia, es una brújula bastante inestable. Apunta hacia un mundo sanado y justo, y nos guía para ponernos a su servicio. Cuando seamos suficientes los que la sigamos, por muy imperfectamente que sea, abriremos nuevos caminos que nos saquen del laberinto en el que está atrapada nuestra civilización.