Fomentar la otra cara de la gratitud
Convencida para ir a ver al obstetra de una amiga —ese del que ella hablaba tan bien—, fui preparada con una lista de preguntas doblada en el bolsillo de mis vaqueros. Pero no tuve oportunidad de hacer mis preguntas sobre una doula o el método Leboyer. El médico entró, me saludó y me echó un vistazo sin hacerme ningún reconocimiento. Luego anunció con rotundidad que tenía “capacidad pélvica insuficiente”. Me aseguró que mi complexión menuda significaba que nunca podría dar a luz a un bebé a término.
“¿Qué quieres decir?”, exclamé sin aliento.
“No hay nada de qué preocuparse”, dijo. “Solo significa que te tendrán que hacer una cesárea”.”
Estaba embarazada de seis semanas.
Puede que fuera joven y estuviera esperando a mi primer hijo, pero me atreví a cuestionar su criterio. Se indignó. A continuación, me soltó un sermón sobre el número de partos que había asistido. Siguió hablando de la anoxia y del daño cerebral, y luego pronunció las palabras que seguramente habían convencido a legiones de mujeres antes que a mí: “¿Quieres poner en peligro la vida de tu bebé?”.”
Eso fue todo lo que hizo falta.
Nunca volví.
Pero, ¿cómo iba a saber este hombre tan engreído si su afirmación resultaba cierta? No le respondí. Tampoco le llevé la contraria al siguiente obstetra, cuya consulta también abandoné después de que me dijera que mi dieta vegetariana daría lugar a un bebé enfermizo y con bajo peso.
Aunque estos médicos nunca llegaron a saber si sus sombrías predicciones se hicieron realidad, yo di a luz de forma totalmente natural a un bebé de 9 libras y 10 onzas. En los años siguientes tuve otros tres bebés bastante grandes, alimentados con una dieta vegetariana.
En nombre de cada uno de mis hijos, aprendí a expresarme con firmeza y a menudo. Esto me ayudó a superar la timidez que creía que formaba parte indeleble de mi personalidad. Una vez que me sentí cómoda expresándome, también me sentí con la fuerza necesaria para manifestar mis sentimientos de gratitud.
Practicar la gratitud de forma habitual mejora nuestra salud y nuestro bienestar. Los estudios demuestran que los actos de bondad también tienen un efecto dominó, ya que generan más compasión en los demás. A veces resulta más fácil dar las gracias a quienes nos rodean, pero es muy significativo reconocer a cualquier persona cuyos esfuerzos marquen la diferencia.
Mi práctica de gratitud suele consistir en escribir cartas de agradecimiento a desconocidos. Dejo una nota a una camarera cuyo carácter alegre me ha ayudado a superar alguna tristeza cotidiana. Envío una carta al director de una residencia de ancianos describiendo el tierno cariño que vi mostrar a un auxiliar hacia un paciente. Envío felicitaciones por escrito al reparto de una obra de teatro de producción local. No me lleva mucho tiempo escribirlas, aunque de vez en cuando tengo que hacer un esfuerzo para averiguar dónde enviarlas.
Hace poco me alegré mucho de haber encontrado por fin la dirección de un conductor de autobús escolar de la zona. Suelo esperar en mi coche mientras él se detiene en una carretera rural con un límite de velocidad de 55 mph y, en solo unos instantes, da marcha atrás para entrar en una estrecha entrada con la elegancia y la destreza de un bailarín de salón. Así que le escribí una carta para explicarle que verle conducir con tanta habilidad me hacía sentir que algún día yo también podría llegar a dominar a la perfección mi trabajo.
Nunca firmo con mi nombre. Creo que es mejor escribir “tu cliente”, “un compañero de viaje” o lo que mejor se adapte a la situación. De esa forma, no se trata de mí, sino de un sentimiento de agradecimiento más amplio. Aunque tengo que admitir que yo también me beneficio. Buscar lo bueno en cada situación me da energía positiva.
Pero, en realidad, centrarse únicamente en lo positivo y lo agradable es ignorar la cara oculta. Las personas que ocupan puestos de autoridad deben saber cuándo sus juicios o acciones resultan perjudiciales. Todos podemos aprender de los errores, a menos que, de alguna manera, se nos exima de las consecuencias de nuestras palabras o acciones. Hoy en día, muchos profesionales están bien protegidos de esas consecuencias, a menos que el asunto llegue a los tribunales.
No defiendo quejarse ni amenazar. Me refiero a una comunicación destinada a fomentar el entendimiento. Una simple carta puede ahorrar a futuros clientes, alumnos o pacientes las mismas dificultades que tu familia haya podido sufrir. Por supuesto, esto no es necesario cuando la situación se puede resolver de inmediato. Pero, ¿cuántos de nosotros nos hemos enfrentado a pronósticos catastróficos a largo plazo? Dormir en la misma cama con los hijos no es más que una mala crianza. Sin esta operación acabarás lisiado. Si educas a tu hijo en casa, tendrás entre manos a un niño desajustado. El Ritalin es la única solución para ese comportamiento. Tras años escuchando este tipo de afirmaciones, me he dado cuenta de que poner al día a un profesional sobre su valoración es otra forma de amabilidad. Es la otra cara de la gratitud.
Si decides ponerte en contacto con alguien por estas mismas razones, aquí tienes algunas pautas que a mí me han funcionado.
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Ten claros tus propios objetivos antes de escribir esa carta o ese correo electrónico. Espera hasta que puedas hacerlo sin enfado. Es poco probable que la persona a la que te diriges aprenda algo a menos que mantengas un tono positivo y respetuoso en todo momento.
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Recuérdale al destinatario tu situación tal y como estaba la última vez que estuvisteis en contacto.
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Explícale con claridad y amabilidad que, como médico (o profesor, o terapeuta), está en condiciones de ayudar a muchas personas. Da por hecho que, por motivos de interés profesional, le resultaría útil conocer el desenlace de una situación que él o ella evaluó.
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Cíñete únicamente a los hechos y explica por qué, en tu caso, su juicio o sus acciones fueron erróneos. A continuación, añade los detalles pertinentes.
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Si procede, incluye datos de investigación u otros datos que el profesional pueda utilizar para formarse una idea más clara.
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Deséale lo mejor a esta persona. No esperes ni pidas que se ponga en contacto contigo más adelante.
La mejor respuesta a los detractores es prosperar con alegría en nuestras decisiones. Así que a aquellos que pronosticaron un futuro desastroso para mis hijos —a quienes cogí en brazos durante mucho tiempo y amamanté a menudo—, y a quienes juzgaron con dureza nuestras decisiones sobre la educación y el estilo de vida, les digo: estamos bien. Por eso, les estoy infinitamente agradecida.
Intentemos, siempre que sea posible, encontrar la libertad más allá de los límites de las viejas ideas. Para ello, debemos compartir las reflexiones que nos aporta la experiencia. Allí, incluso la otra cara de la gratitud se convierte en sabiduría.