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¿Cómo es posible que la frustración pueda ser… ¡algo bueno!?

El pollo nunca se descongeló. Los documentos del bebé han desaparecido, quizá los hayan triturado. Llevamos semanas, quizá meses, sin dormir una noche entera. ¿Quién puede saberlo ya? ¿He mencionado que el pollo nunca se descongeló?

Tenía muchas ganas de esa cena de pollo, después de una semana a base de sobras y tentempiés para cenar sobre la marcha. Mientras trabajaba un turno de ocho horas, me animaba la idea de que al día siguiente me esperaba una auténtica comida casera. Algo bueno y reconfortante en medio de la confusión de los primeros pasos como madre.

¿¡El pollo ni siquiera se descongeló?!?!

Esa iba a ser la única constante, lo único en lo que poder confiar. La única apariencia de normalidad. Tú estás cansado. Yo estoy cansada. No paramos de perder cosas y de olvidarnos de cosas.

¿¡El pollo %&$#?@! NUNCA %&$#?@! SE DESCONGELÓ?!?!?!

¡Por favor, otra noche más de sobras no! ¡Ni una sola cosa más olvidada! Y ahora el bebé está llorando y no se duerme fácilmente. Tengo hambre y estoy cansada. Tú tienes hambre y estás cansado. Y mañana nos despertaremos con lo mismo otra vez.

¡¡¡ARGH!!!

Nadie me había dicho que, cuando tuviéramos al bebé, cada uno de nosotros encontraría pequeñas formas de volvernos irracionales. Un pollo congelado nunca antes había causado un caos en casa, nunca antes había creado una brecha entre mi mujer y yo. Antes eran cosas sin importancia. Pero entre los largos días que yo pasaba cuidando de un bebé que “dormía muy poco” y las largas noches que mi mujer dedicaba a atender a un bebé que dormía a ratos, empezamos a olvidarnos de contarnos cosas (aunque creíamos haberlo hecho), perdimos la tarjeta de la Seguridad Social del bebé y dejamos que se acumularan las pequeñas tareas que mantienen el piso en orden.

Disfruté muchísimo de esa cena de pollo. ¡Y de repente, puf!

Me quedé dándole vueltas al asunto, sabiendo que era una tontería, y luego decidí dejarlo pasar. No importaba. Pero mi mujer me interrumpió en medio de mis cavilaciones y hablamos a fondo de nuestras preocupaciones. Los dos lloramos por el cansancio y la exasperación, un llanto purificador, y llegamos a esta solución para todos los problemas que nos vayan a acosar en el futuro:

Pasamos 10 minutos de frustración y luego lo superamos y seguimos adelante.

La frustración puede manifestarse con una serie de “¡Bah!” o dando portazos a los armarios o murmurando entre dientes. Sea como sea, sin embargo, se acaba al cabo de 10 minutos. Se acabó. La frustración no resuelve nada, pero puede sentar bien.

He trabajado con profesionales de la medicina holística que tienen una actitud siempre optimista y consideran que cualquier emoción “negativa” es algo que hay que evitar a toda costa. Sin embargo, si negamos esa parte del espectro emocional, ¿no estamos bloqueando una parte importante de la experiencia humana? Es cierto que los seres humanos somos capaces de regodearnos en nuestras miserias, algo que debemos evitar. Permanecer en un estado de enfado o malestar no aportará ninguna solución y solo dañará nuestra relación con el mundo. Parafraseando a Paracelso: “La dosis hace el veneno”. Si me hubiera quedado frustrada toda la noche, incluso después de que el pollo se descongelara y cenáramos a las 21:00, y me hubiera ido a la cama con la intención de convertir el episodio del pollo en parte de una historia más amplia sobre nuestra relación, habría envenenado nuestro matrimonio. Darme ese pequeño arrebato me sentó de maravilla. Al cabo de 10 minutos, me dispuse a pasar página y resolver el problema.

En otras palabras, la regla de los 10 minutos es un buen remedio.

Nosotros también aprendimos algo. Esta semana sacamos un asado de la nevera con dos días de antelación. Para cuando nos dispusimos a cocinarlo, ya se había descongelado por completo.

Este artículo se publicó por primera vez en MindBodyGreen.com.