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A la espera del gran evento

Por Charles Eisenstein

Cuando tenía 14 años, me embarqué en un programa de lectura que incluía «Archipiélago Gulag», «Una historia popular de los Estados Unidos», «1984», «Primavera silenciosa» y un libro de Paul Ehrlich titulado «La bomba demográfica». Este último era una obra maltusiana que predecía una hambruna masiva en la década de los 80, a menos que se adoptaran medidas drásticas e imposibles de llevar a cabo. En esencia, predecía el fin del mundo tal y como lo conocemos. Y después de leer esos otros libros, una parte de mí esperaba en secreto que fuera cierto.

Avancemos un par de décadas hasta finales de los 90. El mundo aún no se había acabado, pero todavía estaba ahí el problema del efecto 2000. La red eléctrica y todo lo que dependía de ella iba a colapsar el 1 de enero de 2000.

Bueno, esa fecha también llegó y pasó. Afortunadamente, siguen surgiendo nuevas catástrofes que amenazan con acabar con el mundo: el «pico del petróleo», por ejemplo, o una crisis financiera, o el colapso del sistema global de corrientes oceánicas. La gente se obsesiona con una u otra de estas posibles crisis y, cuando no se produce, se siente de alguna manera decepcionada o incluso traicionada.

Entonces, ¿por qué este anhelo por “la Gran Catástrofe”? ¿Por qué mostrar un deleite tan inequívoco ante el «pico del petróleo» o el colapso financiero? En gran parte se debe al deseo de una llamada de atención que sacuda a la gente de su complacencia para que se den cuenta de sus errores y se dediquen a la recuperación del planeta. ¿No abandonaríamos nuestro consumismo, nuestro militarismo o cualquier otra insensatez tras un acontecimiento así? ¿No sería ese impacto el pistoletazo de salida tan esperado para transformar el sistema sanitario, el educativo, el agrícola, el político y el económico?

El anhelo de «lo grande» es un anhelo de trascendencia. Surge de la insatisfacción con ese mundo menos bello que hemos acabado por aceptar como normal. Intuye que la vida puede hacerse mucho más magnífica mediante una transformación tan fundamental que llegue a rehacer el mundo mismo. Este anhelo es también nuestro deseo de muerte. Será la base sobre la que surgirá ese gran arquetipo llamado «Revolución», que no busca nada menos que la muerte de nuestro viejo paradigma y la construcción de una civilización sobre los cimientos de nuestro propio desarrollo personal.

Es más que evidente que nos dirigimos hacia esto. La desaparición de la política, las finanzas, la energía, la educación, la sanidad y el ecosistema se acerca inexorablemente. Cada año me pregunto si este podría ser el último año “normal” de nuestra era y me desespero, sabiendo que nuestros mejores esfuerzos por evitarlo se ven eclipsados por las fuerzas que nos empujan hacia la catástrofe.

Pero entonces recuerdo: al otro lado de esa desesperación se encuentra este optimismo práctico. Nos dice que esto no es el fin del mundo. Que solo es el fin del mundo tal y como lo conocemos. Y que estamos destinados a una nueva forma de ser humano. Pero este optimismo no pretende ocultar los hechos desagradables de nuestro mundo. Por favor, no penséis que el optimismo solo puede existir negando las verdaderas dimensiones de la crisis.

Soy plenamente consciente del «pico del petróleo» y de nuestra dependencia económica de los combustibles fósiles.

También soy consciente de la crisis sanitaria que se avecina: el aumento epidémico de las enfermedades autoinmunes y los efectos de la intoxicación por metales pesados, campos electromagnéticos y sustancias químicas.

Soy consciente de la dieta moderna, la toxicidad de los medicamentos y la represión de las terapias alternativas.

He visto cómo nuestras escuelas se han convertido en prisiones, en algunos casos con barricadas de alambre de púas, detectores de metales y medidas de control químico sobre quienes se niegan a someterse. Sé de padres a los que se les ha amenazado con emprender acciones legales por no medicar a sus hijos.

Soy consciente de la estafa financiera de tipo Ponzi a escala mundial, de la tendencia política hacia el fascismo y de la omnipresente maquinaria propagandística que tiene tanto éxito que ni siquiera sus propios artífices son conscientes de que están legitimando a una élite de poder mundial.

Y soy consciente de que no podemos sanear el sistema eliminando a unas pocas manzanas podridas: todas las instituciones importantes son cómplices de este saqueo.

No es mi intención convencerte de que, efectivamente, nos enfrentamos a una multitud de crisis. Otros ya lo han hecho de forma mucho más convincente. Tampoco pretendo infundirte la esperanza de que puedan evitarse. No pueden evitarse, porque lo que tendría que suceder para evitarlas solo ocurrirá como consecuencia de ellas mismas.

El panorama apocalíptico anterior puede resultar familiar en su tono, si no en los detalles, pero hay que tener en cuenta que quizá no sea solo «el fin», sino también «un comienzo»: una crisis de nacimiento que nos impulsará hacia una nueva era basada en un sentido diferente del yo.

Mi optimismo, pues, se basa en saber que, a medida que cambia nuestra percepción de nosotros mismos, la definición de “práctico” y “posible” puede cambiar —y de hecho cambiará— cuando, colectivamente, toquemos fondo. Cuando las crisis mencionadas anteriormente converjan, cuando experimentemos de forma aguda e innegable que la situación está fuera de control, cuando el fracaso del antiguo régimen sea totalmente evidente, entonces las soluciones que hoy parecen irremediablemente radicales se convertirán en cuestiones de sentido común.

A pesar de lo inevitable que resulta la acumulación de crisis a las que nos enfrentamos, los esfuerzos —aparentemente inútiles— de generaciones de activistas por evitarlas revisten una importancia fundamental. Si eres una de esas personas que se enfrenta a la desesperación para abordar problemas de una magnitud aparentemente insuperable, ten por seguro que tu labor no es en vano. Si bien es cierto que ningún esfuerzo en materia de energías renovables, reciclaje de aguas residuales, monedas locales, conservación de humedales o reforma de cualquier aspecto de la sociedad va a evitar la catástrofe, estos esfuerzos están sembrando las semillas para la renovación del planeta.

Hay que comprender que la seguridad solo se consigue dando, abriéndose y manteniéndose en un flujo de relaciones, no tomando más para uno mismo. La verdadera independencia surgirá de la interdependencia, y los que sobrevivirán no serán aquellos que intenten aislarse en una fortaleza, sino los que sean capaces de dar, de ayudar y de contribuir a una comunidad. Ellos constituirán la base de un nuevo tipo de civilización.

Todas las soluciones técnicas para vivir de forma sostenible y armoniosa ya existen, y de hecho siempre han existido. Lo que se necesita es un cambio de mentalidad que nos lleve a concebirnos a nosotros mismos como personas capaces de revertir la creciente separación y la miseria cada vez más profunda de los últimos milenios.

El cambio de conciencia al que me refiero no se basa en ningún tipo de invento tecnológico ni en un retroceso. Se producirá y tendrá enormes consecuencias tecnológicas que surgirán de forma natural. Hoy en día, personas visionarias están abriendo camino en estas tecnologías materiales y sociales como respuesta a la creciente ineficacia de los antiguos modelos de gestión y control. El hecho de que sus inventos no se adopten a gran escala simplemente significa que el cambio de conciencia necesario aún no se ha manifestado.

Los mecanismos mediante los cuales la sociedad reprime estos inventos se basan todos en la misma ilusión: que somos seres individuales y separados que vivimos en un universo objetivo formado por «los demás». Esta ilusión se manifiesta: 1) en la economía, como la externalización de los costes; 2) en la ciencia, como barreras para la aceptación de nuevos conocimientos; 3) en la medicina, como la mentalidad de «nosotros contra ellos» que clasifica otras modalidades como poco científicas; 4) en la política, el derecho y la educación, como control.

El hecho de que el régimen de la separación parezca estar alcanzando nuevas cotas no significa que las perspectivas de un mundo más bello se estén desvaneciendo en la lejanía. Más bien, como una ola que avanza hacia la orilla, la Era de la Separación se eleva hasta su máxima altura al mismo tiempo que se hunde en el instante previo a su rompimiento. Este rompimiento es la culminación inevitable de la separación que comenzó en un pasado remoto, desde el mismo momento en que empezamos a vernos a nosotros mismos separados de la naturaleza. A lo largo de la historia, personas perspicaces han visto las señales de lo que se avecinaba. Hace mucho tiempo percibieron los primeros indicios de una calamidad inminente inscrita en nuestra propia esencia, y expresaron sus ideas en el lenguaje del mito y la metáfora.

Desde hace miles de años, la gente lleva prediciendo el fin del mundo. La energía psíquica fundamental que subyace a estas predicciones proviene de una fuente real. Están accediendo a una verdad profunda: el edificio de la civilización adolece de un defecto estructural irremediable que condiciona su colapso final. Vamos en rumbo de colisión con la naturaleza y con la naturaleza humana.

Para muchas personas, la convergencia de crisis ya se ha producido. El fin de la antigua civilización se manifestó subjetivamente en el transcurso de sus propias vidas, a medida que se desligaban de la matriz. Algunos siguen viviendo hoy en día en los espacios intersticiales de nuestra sociedad, casi invisibles, y ni el dinero, ni las leyes, ni la guerra forman parte de su experiencia. De diversas maneras, se retiraron del aparato de la Máquina.

Cuando las crisis convergen, la vida cotidiana deja de tener sentido, lo que abre el camino a un renacimiento, a una transformación espiritual. Los místicos de todas las épocas han reconocido que el cielo no es un reino lejano y separado situado al final de la vida, sino que está siempre a nuestro alcance, entrelazándose con la existencia cotidiana. Como dijo Jesús: “El Reino del Padre está en nosotros y entre nosotros”. Lo que tiene de especial nuestra época es que la culminación de los procesos de separación a nivel colectivo está provocando esta convergencia personal de crisis y el consiguiente despertar a un nuevo sentido del yo.

La promesa de una vuelta a una Edad de Oro perdida hace mucho tiempo resuena en nuestro interior. La fibra sensible que toca ha inspirado a visionarios e idealistas desde tiempos inmemoriales. Alimenta un sano descontento que se niega a creer que esto sea lo mejor que podemos hacer. Es una indignación que ya no puede apaciguarse con comodidades y lujos, que no se verá sofocada por la ansiedad por la supervivencia. Es más fuerte en los jóvenes, y yace latente en todos nosotros, lista para ser despertada. Mi propósito, querido lector, es dar voz a tu indignación y reafirmar tu conocimiento intuitivo de que la vida está destinada a ser algo más.

Hoy ya podemos vislumbrar las tecnologías y las formas sociales, así como los paradigmas de producción material, de un futuro enamorado de la vida, que abarca tanto el amor por estar vivo como el amor por los seres vivos. Son las tecnologías del sol, la tierra y el agua, de la bioenergía y los ritmos de la luz y el sonido, la palabra y el tacto, la mente y los sueños, la materia y la información. Todas ellas surgen de una mejor comprensión de nosotros mismos y del mundo, y la encarnan. Del mismo modo que las formas sociales y las tecnologías actuales han surgido de la incomprensión de la separación y la refuerzan, la tecnología del siglo XXI será el resultado de la inversión de esa separación hacia una comprensión muy diferente del universo, articulada en todos los niveles, desde la psicología hasta la cosmología. A medida que nuestras crisis se intensifiquen, nos enfrentaremos a nuevas opciones y nuevas posibilidades. Reconocemos todas las ramificaciones y todo el poder de las opciones que pronto se nos abrirán.