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El parto en casa: una alternativa cada vez más extendida

Por Kelly Olmstead

Para mucha gente, el término “parto en casa” evoca imágenes de madres naturistas con vestidos hechos a mano y flores en el pelo. Sin ánimo de ofender, pero yo prefiero vestirme de Calvin Klein y llevar mechas profesionales en el pelo.

Mientras me preparaba para mi primer parto, leí libros superventas sobre el embarazo, folletos de los médicos y revistas sobre crianza, y asistí al curso de preparación al parto del hospital. Estaba lista para todo.

A las 39 semanas, mi pareja y yo optamos por la inducción programada que me propuso mi médico. Me administraron gel para madurar el cuello uterino, una vía intravenosa, Pitocin y me mantuvieron en cama bajo monitorización continua. Las contracciones se volvieron insoportables. ¿Respirar para sobrellevarlas? ¿Qué broma cruel era esa? Toda nuestra preparación se fue al traste. Me dieron Stadol. Me sentí como borracha. Me pusieron la epidural. Dormí. Vi la televisión. Solo vi a mi médico durante 4 minutos de todo el parto.

Durante el pujo, me dieron instrucciones como si estuviera intentando ganar un combate de lucha libre. Cuarenta y cinco minutos después, tras una cateterización y una episiotomía, di a luz a nuestra hija. ¡Estábamos encantados!

El nacimiento de nuestra segunda hija fue muy parecido, pero entre los protagonistas se encontraba un médico de guardia de mal humor que se negó a dejarme ver el parto por un espejo. Aun así, estábamos encantados.

Tras este parto, estaba buscando ropa para dar el pecho por Internet. Me topé con un pequeño foro en el que había un grupo de mujeres inteligentes y divertidas. Hablábamos de actualidad, lactancia, libros, maternidad, decoración del hogar, política… de todo un poco. Como suele pasar cuando las madres se ponen a charlar, se compartían historias de partos. Muchas de esas mujeres habían dado a luz no solo sin medicación, sino en casa. Pensé que debían de estar locas.

Aun así, me intrigaba la forma en que describían sus partos; eran tan diferentes a los míos. Para ellas, el parto no era solo un medio para alcanzar un fin, sino un acontecimiento que merecía la pena vivir plenamente. ¿Cómo? Mi objetivo era simplemente superarlo con un bebé sano. Pero estas mujeres decían que el parto en casa era tan seguro como el parto en el hospital para la mayoría de las futuras mamás. Nunca antes había oído ni leído nada parecido. ¿O es que no había prestado atención?

Hice mi propia investigación, yendo más allá de las recomendaciones de libros sobre el embarazo de Borders. Y sí, un parto en casa planificado y asistido sería incluso más seguro para mí que un parto en el hospital, ya que era un caso de bajo riesgo y ya había tenido dos bebés. Leí sobre la cascada de intervenciones típicas en los partos hospitalarios, en los que cada intervención añade riesgos y aumenta la necesidad de más intervenciones. Para mí fue un momento de revelación.

Embarazada de nuestro tercer hijo, pero aún con dudas, mi pareja y yo nos reunimos con una comadrona titulada. Ella respondió a nuestras preguntas sobre “qué pasaría si…” y nos explicó que aporta a cada parto prácticamente “una sala de partos de un hospital de nivel 1”. Dijo que una comadrona, que te acompaña durante todo el parto, está capacitada para detectar posibles complicaciones y corregirlas desde el principio. Nos confirmó que dejar que la naturaleza siga su curso, siempre que sea posible, reduce considerablemente la probabilidad de complicaciones, y que, aunque en algunos partos en casa hay que trasladarse al hospital, rara vez se debe a una emergencia. Salimos de allí convencidos de que esa era la opción adecuada para nosotros. Las visitas prenatales de una hora de duración me ayudaron a explorar mis esperanzas y miedos a medida que mi comadrona y yo nos íbamos conociendo más a fondo. Llevé un registro de mi propio peso, proteínas y azúcar. Incluso me hice yo misma el frotis para detectar el estreptococo del grupo B. Por muy desagradables que sean, al menos no tuve que estar en los estribos para ello.

Mientras daba a luz en casa, con velas y música suave en lugar de luces fluorescentes y máquinas que pitaban, me movía con total libertad mientras mi comadrona me seguía para auscultar al bebé.

Su asistente me frotaba la espalda, me susurraba al oído, me traía agua y reconocía lo mucho que dolían las contracciones. Me sentía a gusto gritando, sintiéndome triste o teniendo miedo. Me hicieron sentir que mi cuerpo era hermoso durante el parto.

¡Y podía sentirlo todo! Por increíble que parezca, el dolor mereció la pena. Había leído que, cuando no se alivia el dolor del parto con medicación, el cuerpo produce endorfinas que provocan una intensa “euforia del corredor”. ¡Y es verdad! En el nacimiento de mi hijo, experimenté una euforia cien veces más intensa que la que había sentido en los partos de mis otros hijos. Y eso que entonces ya me había sentido tremendamente eufórica.

Lo que realmente me sorprendió fue lo mucho mejor que fue este parto para mi hijo. Además de no tener en su organismo ningún fármaco para inducir las contracciones ni analgésicos, nació en un entorno cálido, en penumbra y tranquilo, y lo colocaron desnudo y resbaladizo sobre mi cuerpo. Fue un momento sagrado. No se separó de mis brazos durante una hora entera. No le pesaron ni le pusieron ninguna inyección ni gotas para los ojos hasta que no hubo tomado el pecho y se le había entrado sueño. Mientras tanto, mi comadrona se encargó de limpiarlo todo.

Dar a luz de esta manera me hizo descubrir una fuerza interior como mujer. Ojalá lo hubiera sabido antes de mis otros partos. Aun así, por mucho que me haya cambiado el parto en casa, no he cambiado mi monovolumen por una furgoneta Volkswagen ni he empezado a llevar rastas. Sin embargo, sin duda ya me toca ir a la peluquería.