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7 datos reveladores sobre la depresión

Por Dra. Kelly Brogan

En estos momentos se está produciendo en Estados Unidos una tragedia silenciosa en la historia de la sanidad moderna, pero nadie habla de ella. Nos han contado una historia sobre la depresión: que está causada por un desequilibrio químico y que se cura con un remedio químico, es decir, una receta médica. Más de 30 millones de personas tomamos antidepresivos, incluida una de cada siete mujeres (una de cada cuatro mujeres en edad fértil). Millones más se ven tentadas a probarlos para acabar con la angustia crónica e implacable, la irritabilidad y el “desajuste” emocional, atrapadas en una agotadora agitación interior de la que no pueden liberarse.

Es hora, incluso según los expertos en la materia, de dejar de lado esta narrativa falsa y analizar con una mirada renovada hacia dónde nos lleva la ciencia. El cuerpo humano interactúa con su entorno con una profunda inteligencia. Tu cuerpo genera síntomas por una razón. La depresión es un síntoma significativo de un desajuste, desde el punto de vista biológico, con nuestro estilo de vida: seguimos una dieta deficiente, acumulamos demasiado estrés, carecemos de suficiente actividad física, nos privamos de la luz solar natural, nos exponemos a sustancias tóxicas del medio ambiente y tomamos demasiados medicamentos. La inflamación es el lenguaje que habla el cuerpo, expresando un desequilibrio e invitando al cambio. Normalmente suprimimos estos síntomas con medicación, pero eso es como apagar la alarma de incendios cuando hay un incendio en marcha. Aclaremos las cosas.

1. La depresión suele ser una enfermedad inflamatoria. La depresión suele ser una manifestación de irregularidades en el organismo que, a menudo, tiene su origen lejos del cerebro y no está relacionada con los denominados “desequilibrios químicos”. La literatura médica lleva más de 20 años haciendo hincapié en el papel de la inflamación en las enfermedades mentales (por desgracia, los datos que revelan la ineficacia o los indicios de efectos nocivos tardan una media de 17 años en llegar a la práctica diaria de los médicos, un problema de desfase temporal que hace que la atención médica estándar sea “basada en la evidencia” solo en teoría y no en la práctica). Ni un solo estudio ha demostrado que la depresión esté causada por un desequilibrio químico en el cerebro. Así es: nunca ha habido un estudio en humanos que haya relacionado con éxito los niveles bajos de serotonina con la depresión. Los estudios de imagen, los análisis de sangre y orina, las evaluaciones post mortem de suicidios e incluso la investigación con animales nunca han validado la relación entre los niveles de neurotransmisores y la depresión. En otras palabras, la teoría de la serotonina como causa de la depresión es un mito total que se ha respaldado injustamente mediante la manipulación de datos. Más bien al contrario, los niveles elevados de serotonina se han relacionado con una serie de problemas, entre ellos la esquizofrenia y el autismo. Así que, si crees que una pastilla química puede salvarte, curarte o “corregirte”, estás totalmente equivocado. Eso es tan erróneo como ponerte una tirita sobre un clavo clavado en el pie y tomarte una aspirina. Es perder por completo la oportunidad de “quitar la astilla” y resolver el problema de raíz.

2. Los antidepresivos pueden inutilizar de forma irreversible los mecanismos naturales de curación del organismo.. A pesar de lo que te han hecho creer, estudios científicos a largo plazo han demostrado en repetidas ocasiones que los antidepresivos empeoran el curso de las enfermedades mentales, por no hablar de los riesgos de daño hepático, hemorragias, aumento de peso, disfunción sexual y disminución de la función cognitiva que conllevan. El secreto más sórdido de todos es el hecho de que los antidepresivos se encuentran entre los fármacos de los que resulta más difícil reducir la dosis gradualmente, incluso más que el alcohol y los opiáceos. Aunque quizá lo llames “pasar por el síndrome de abstinencia”, a los profesionales médicos se nos ha enseñado a denominarlo “síndrome de interrupción del tratamiento”, que se caracteriza por reacciones físicas y psicológicas tremendamente debilitantes. Además, los antidepresivos tienen un historial bien documentado de provocar efectos secundarios violentos, incluidos el suicidio y el homicidio. De hecho, se ha descubierto que cinco de los diez fármacos que más violencia provocan son antidepresivos.

3. El efecto de los antidepresivos no supone una cura. Aunque aceptáramos la tesis de que estos fármacos son útiles para algunas personas (el 82 % de los efectos se debe al efecto placebo, según el Dr. Irving Kirsch), extrapolar una causa médica a partir de esta observación equivaldría a decir que la timidez se debe a una carencia de alcohol, o que los dolores de cabeza se deben a una falta de codeína. ¿Y qué hay de la vulnerabilidad genética? ¿Existe algo así como un «gen de la depresión»? En 2003, un estudio publicado en *Science* sugería que las personas con una variación genética en su transportador de serotonina tenían tres veces más probabilidades de sufrir depresión. Pero seis años más tarde, esta idea quedó desmentida por un metaanálisis de 14 000 pacientes publicado en la revista *Journal of the American Medical Association*, que negaba tal asociación.

4. La mayoría de las recetas de antidepresivos las extienden los médicos de familia, no los psiquiatras. El 7 % de todas las visitas al médico de atención primaria terminan con la prescripción de un antidepresivo, y casi tres cuartas partes de las recetas se extienden sin un diagnóstico específico. Es más, cuando el Departamento de Salud Mental de la Facultad de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins llevó a cabo su propio estudio sobre la prevalencia de los trastornos mentales, descubrió que la mayoría de las personas que toman antidepresivos nunca cumplen los criterios médicos para un diagnóstico auténtico de depresión mayor, y que muchas de las que reciben antidepresivos para trastornos como el TOC, el trastorno de pánico, la fobia social y la ansiedad tampoco reúnen los requisitos para que se les considere que padecen realmente estas afecciones.

5. Muchas afecciones físicas imitan los síntomas psiquiátricos. Hay muchas afecciones físicas que provocan síntomas psiquiátricos, pero que no son en sí mismas “psiquiátricas”. Dos ejemplos destacados: el mal funcionamiento de la tiroides y los desequilibrios en los niveles de azúcar en sangre. Creemos (porque así lo creen nuestros médicos) que tenemos que “curar” el cerebro, pero, en realidad, debemos tener en cuenta el ecosistema de todo el cuerpo: la salud intestinal, las interacciones hormonales, el sistema inmunitario y los trastornos autoinmunes, el equilibrio de los niveles de azúcar en sangre y la exposición a sustancias tóxicas.

6. Las intervenciones básicas en el estilo de vida pueden potenciar los poderosos mecanismos de autocuración del cuerpo para acabar con la depresión. Estas son algunas de las medidas que pueden ayudar: cambios en la dieta (más grasas saludables y menos azúcar, lácteos y gluten); suplementos naturales como las vitaminas del grupo B y los probióticos, que no requieren receta médica e incluso pueden obtenerse a través de determinados alimentos; minimizar la exposición a sustancias tóxicas que alteran el equilibrio biológico, como el flúor del agua del grifo, los productos químicos presentes en medicamentos comunes como el Tylenol y las estatinas, y las fragancias de los cosméticos; aprovechar los beneficios de dormir lo suficiente y realizar actividad física; y técnicas conductuales destinadas a fomentar la respuesta de relajación.

7. La depresión es un mensaje y una oportunidad. Es una señal para que nos detengamos y averigüemos qué está provocando nuestro desequilibrio, en lugar de limitarnos a enmascarar, reprimir o desviar los síntomas. Es una oportunidad para elegir una nueva historia, para embarcarnos en una transformación radical, para decir «sí» a una experiencia vital diferente.

Adaptado de *A Mind of Your Own*, de la Dra. Kelly Brogan.