¿Quién tiene el control? Las consecuencias negativas de centrarse en los niños
Me llevó algún tiempo comprender, en mi mente “civilizada”, el significado de lo que estaba viendo. Había pasado más de dos años viviendo en las selvas de Sudamérica con indígenas de la Edad de Piedra. Los niños pequeños viajaban con nosotros cuando contratábamos a sus padres como guías y tripulantes, y a menudo nos quedábamos durante días o semanas en las aldeas de los indígenas yequana, donde los niños jugaban todo el día sin la supervisión de adultos ni adolescentes. No fue hasta la cuarta de mis cinco expediciones cuando me di cuenta de que nunca había visto un conflicto, ni entre dos niños ni entre un niño y un adulto. Los niños no solo no se pegaban entre sí, sino que ni siquiera discutían. Obedecían a sus mayores de forma inmediata y alegre, y a menudo llevaban a los bebés en brazos mientras jugaban o ayudaban con las tareas.
¿Dónde estaban los “terribles dos años”? ¿Dónde estaban las rabietas, la lucha por “salirse con la suya”, el egoísmo, la actitud destructiva y la falta de cuidado por su propia seguridad que consideramos normales? ¿Dónde estaban las regañinas, la disciplina y los “límites” necesarios para frenar su rebeldía? ¿Dónde estaba, de hecho, esa relación conflictiva que damos por sentada entre padres e hijos? ¿Dónde estaban las culpas, los castigos o, por lo demás, dónde había algún indicio de permisividad?
La forma de vida de los yequanas
Hay una expresión yequana equivalente a “los chicos son así”; sin embargo, tiene una connotación positiva y hace referencia al gran entusiasmo de los chicos cuando corren de un lado a otro, gritan, se bañan en el río o juegan al bádminton yequana (un juego no competitivo en el que todos los jugadores mantienen en el aire el volante de hoja de maíz el mayor tiempo posible golpeándolo con las manos abiertas). Oía muchos gritos y muchas risas cuando los chicos jugaban al aire libre, pero en cuanto entraban en las cabañas, bajaban la voz para mantener el silencio reinante. Nunca interrumpían una conversación entre adultos. De hecho, rara vez hablaban en presencia de adultos, limitándose a escuchar y a realizar pequeños servicios, como pasar la comida o la bebida.
Lejos de ser disciplinados o de que se les obligue a comportarse de forma sumisa, estos angelitos se muestran relajados y alegres. ¡Y cuando crecen se convierten en adultos felices, seguros de sí mismos y cooperativos!
¿Cómo lo consiguen? ¿Qué saben los yequana sobre la naturaleza humana que nosotros no sabemos? ¿Qué podemos hacer para lograr relaciones no conflictivas con nuestros hijos durante la primera infancia, o más adelante si han tenido un mal comienzo?
La experiencia “civilizada”
En mi consulta privada, las personas acuden a mí para superar los efectos perjudiciales de las creencias sobre sí mismas que se formaron en la infancia.1 Muchas de estas personas son padres y madres que no quieren someter a sus hijos al tipo de alienación que ellos mismos sufrieron a manos de sus propios padres, que por lo general tenían buenas intenciones. Les gustaría saber cómo pueden criar a sus hijos de forma feliz y sin sufrimiento. La mayoría de estos padres y madres han seguido mi consejo y, siguiendo el ejemplo de los yequanas, han mantenido a sus bebés en contacto físico todo el día y toda la noche hasta que empezaron a gatear.2 Sin embargo, hay quienes se sorprenden y se sienten consternados al ver que sus pequeños se vuelven “exigentes” o se enfadan, a menudo con el progenitor que más se ocupa de ellos. Por mucha dedicación o sacrificio que se ponga, el carácter de los bebés no mejora. Redoblar los esfuerzos por apaciguarlos no hace más que aumentar la frustración tanto del progenitor como del niño. ¿Por qué, entonces, los yequanas no tienen la misma experiencia?
La diferencia fundamental es que los yequanas no centran su atención en los niños. Aunque en ocasiones acaricien a sus bebés con cariño, jueguen al «cu-cú» o les canten, la gran mayoría del tiempo que dedica la persona que los cuida lo emplea prestando atención a otra cosa… ¡no al bebé! Los niños que cuidan de los bebés también consideran el cuidado de los bebés como una «no actividad» y, aunque los llevan consigo a todas partes, rara vez les prestan atención directa. Así, los bebés yequanas se ven inmersos en actividades a las que más tarde se unirán a medida que avancen por las etapas de gatear, arrastrarse, caminar y hablar. La visión panorámica de las experiencias, el comportamiento, el ritmo y el lenguaje de su vida futura proporciona una base rica para su participación en desarrollo.
Que jueguen con él, le hablen o le admiren todo el día priva al bebé de esa fase de «espectador en brazos» que le resultaría natural. Al no poder expresar lo que necesita, manifestará su descontento a través de su comportamiento. Intenta llamar la atención de su cuidadora, pero —y aquí radica la causa de la comprensible confusión— su objetivo es conseguir que la cuidadora modifique esa experiencia insatisfactoria, para que ella pueda seguir con sus quehaceres con confianza y sin dar la impresión de pedirle permiso. Una vez corregida la situación, el comportamiento para llamar la atención, que confundimos con un impulso permanente, puede remitir. El mismo principio se aplica en las etapas posteriores a la fase de «estar en brazos».
Una madre muy dedicada de la Costa Este, cuando comenzó las sesiones conmigo por teléfono, estaba al límite de sus fuerzas. Estaba en guerra con su querido hijo de tres años, que a menudo se abalanzaba sobre ella, a veces le pegaba y le gritaba “¡Cállate!”, entre otras expresiones angustiosas de ira y falta de respeto. Había intentado razonar con él, preguntándole qué quería que hiciera, sobornándole y hablándole con dulzura todo lo que podía antes de perder la paciencia y gritarle. Después, se sentía consumida por la culpa e intentaba “compensárselo” con disculpas, explicaciones, abrazos o caprichos especiales para demostrarle su amor, a lo que su precioso niño respondía con nuevas exigencias en mal humor.
A veces dejaba de intentar complacerlo y se cerraba en banda respecto a sus propias actividades, a pesar de sus gritos y protestas. Si al final conseguía aguantar el tiempo suficiente para que él dejara de intentar controlarla y se calmara, él podía mirarla con esos ojos de una belleza conmovedora y decirle: “¡Te quiero, mami!”, y ella, casi humillada por la gratitud que sentía ante ese respiro momentáneo de la pesada culpa que le oprimía el pecho, pronto volvería a comer de su manita llena de hoyuelos y manchada de mermelada. Él se ponía mandón, luego enfadado y grosero, y toda aquella escena desgarradora se repetía, con lo que la desesperación de mi clienta se agravaba aún más.
Escucho muchas historias similares de clientes de Estados Unidos, Canadá, Alemania e Inglaterra, por lo que creo que es justo afirmar que este problema es habitual entre los padres mejor formados y con mejores intenciones de las sociedades occidentales. Se enfrentan a hijos que parecen querer mantener a los adultos bajo su control y que estos obedezcan todos y cada uno de sus caprichos. Para empeorar las cosas, mucha gente cree que este fenómeno corrobora la idea ampliamente extendida de que nuestra especie, a diferencia de todas las demás criaturas, es por naturaleza antisocial y requiere años de oposición (“disciplina”, “socialización”) para llegar a ser viable, o “buena”. Sin embargo, tal y como revelan los yequana, los balineses y muchos otros pueblos ajenos a nuestra órbita cultural, esa idea es totalmente errónea. Los miembros de una sociedad responden al condicionamiento de su cultura igual que los miembros de cualquier otra.
El camino hacia la armonía
¿Qué es, pues, lo que provoca esta infelicidad? ¿Qué es lo que hemos malinterpretado acerca de nuestra naturaleza humana? ¿Y qué podemos hacer para acercarnos a la armonía de la que disfrutan los yequana con sus hijos?
Parece que muchos padres de niños pequeños, en su afán por no ser ni negligentes ni irrespetuosos, se han pasado de la raya en lo que podría parecer la dirección opuesta. Al igual que los mártires ingratos de la etapa en la que hay que llevar al niño en brazos, se han centrado en sus hijos en lugar de dedicarse a actividades de adultos que los niños puedan observar, seguir, imitar y en las que puedan ayudar, como es su tendencia natural. En otras palabras, como un niño pequeño quiere aprender lo que hacen los de su entorno, espera poder centrar su atención en un adulto que esté concentrado en lo suyo. Un adulto que deja lo que esté haciendo e intenta averiguar qué quiere su hijo que haga está frustrando esta expectativa. Y lo que es igual de importante, ante el pequeño parece que no sabe cómo comportarse, que le falta confianza y, lo que es aún más alarmante, que busca orientación en él, un niño de dos o tres años que confía en que ella se mantenga tranquila, sea competente y segura de sí misma.
La reacción bastante predecible de un niño pequeño ante la incertidumbre de sus padres es desestabilizarlos aún más, poniendo a prueba hasta dónde están dispuestos a llegar para mantener su firmeza y, de este modo, disipar su ansiedad sobre quién tiene el control. Puede que siga haciendo dibujos en la pared después de que su madre le haya suplicado que deje de hacerlo, con un tono de voz contrito que le deja claro que ella no cree que vaya a obedecer. Cuando ella le quita los rotuladores, sin dejar de mostrar temor ante su ira, él —como es lógico, dado que es un ser social— cumple con sus expectativas y estalla en un ataque de rabia y gritos.
Si ella malinterpreta su enfado e intenta con aún más ahínco averiguar qué quiere él, le suplica, le da explicaciones y parece cada vez más desesperada por apaciguarlo, el niño se verá impulsado a plantear exigencias aún más escandalosas e inaceptables. Y deberá seguir haciéndolo hasta que, por fin, ella asuma el liderazgo y él pueda sentir que se ha restablecido el orden. Es posible que él siga sin tener una figura de autoridad tranquila, segura y fiable de la que aprender, ya que su madre está pasando ahora de perder los estribos a un punto en el que la culpa y las dudas sobre su competencia vuelven a asomar la cabeza vacilante. No obstante, tendrá el escaso consuelo de ver que, en el momento decisivo, ella le liberó de la responsabilidad y de su sensación de pánico de que, de alguna manera, él debía saber qué debía hacer ella.
En pocas palabras, cuando un niño se ve impulsado a intentar controlar el comportamiento de un adulto, no es porque quiera tener éxito, sino porque necesita estar seguro de que el adulto sabe lo que está haciendo. Además, el niño no puede resistirse a esas pruebas hasta que el adulto se mantenga firme y el niño pueda tener esa certeza. A ningún niño se le ocurriría intentar arrebatarle la iniciativa a un adulto a menos que reciba un mensaje claro de que se espera esa acción —¡no que se desee, sino que se espere!—. Además, una vez que el niño siente que ha conseguido el control, se siente confundido y asustado, y debe llegar a cualquier extremo para obligar al adulto a recuperar el liderazgo que le corresponde.
Cuando se comprende esto, el temor de los padres a imponer su voluntad al hijo se disipa y se dan cuenta de que no hay motivo para la confrontación. Al mantener el control, están satisfaciendo las necesidades de su querido hijo, en lugar de actuar en contra de ellas.
A mi clienta de la Costa Este le llevó una o dos semanas ver los primeros resultados de esta nueva forma de entender las cosas. A partir de entonces, generaciones de malentendidos y la fuerza de los viejos hábitos hicieron que la transición de la familia hacia formas de relación no conflictivas fuera algo irregular. Hoy en día, tanto ella como su marido, así como muchos de mis otros clientes que se encuentran en una situación similar, están felizmente convencidos, gracias a su propia experiencia, de que los niños, lejos de ser rebeldes, son por naturaleza profundamente sociables.
El hecho de esperar que sean así es lo que les permite serlo. A medida que el niño percibe la expectativa de los padres respecto a su sociabilidad, él o ella cumple con esa expectativa; del mismo modo, la experiencia que tienen los padres de la sociabilidad del niño refuerza su expectativa al respecto. Así es como funciona. En una amable carta que me envió, el marido de mi clienta de la Costa Este escribió, refiriéndose a su mujer, a su hijo y a sí mismo: ’[Nosotros] hemos crecido, aprendido y amado juntos de una forma milagrosa. Nuestras relaciones siguen evolucionando en una dirección totalmente positiva y llena de amor’.“
Notas: