Mamá, interrumpida
Oye, mamá, ¿dónde están mis patines de hockey? Oye, mamá, ¿has visto mi carpeta de deberes? Oye, mamá, ¿puedo ir a casa de Elliott el sábado?
He descubierto por qué las personas mayores pierden la audición. Es porque quieren. Después de criar a sus hijos, han agotado la cuota de audición que les correspondía en esta vida. Y ya no quieren escuchar a nadie, ni sobre nada.
Oye, mamá, ¿dónde está el pegamento? Oye, mamá, ¿tengo que practicar con el piano? Oye, mamá, ¿puedes ver el alma de alguien?
No he tenido un pensamiento completo en 11 años. Ahora que lo pienso, probablemente ya sean 12. Empezó cuando estaba embarazada; sin duda debieron de ser las hormonas. De alguna manera, durante el embarazo, tu cerebro empieza a dar fallos en preparación para lo que se avecina en los años de crianza, incluyendo la falta de sueño y el desarrollo del vocabulario de tu hijo. Al igual que la naturaleza prepara tu cuerpo para el parto y el alumbramiento, las hormonas ahora ayudan a tu cerebro a generar ondas de pausa, que hacen que todos los pensamientos coherentes se evaporen inmediatamente al formarse. Pensándolo bien, probablemente sea algo bueno.
Oye, mamá, ¿qué es un prisma? Oye, mamá, ¿dónde está la leche? Oye, mamá, ¿has ido en autobús al colegio?
Todo empieza poco después del nacimiento, cuando nos derretimos ante nuestros adorables bebecitos. Con la falsa idea de que nuestro hijo es un genio superior, convertimos mentalmente un eructo en su primera frase completa cuando tiene unas ocho semanas. Al poco tiempo, cuando los libros de crianza de referencia nos dicen que ya deberían estar utilizando 10 palabras, estamos convencidos de que nuestro hijo es más que brillante y que, en realidad, utiliza 50 o 60. La realidad es que, al poco tiempo, realmente ya conocen 300 palabras y las utilizan todas… antes incluso de que te hayas tomado tu primera taza de café.
Oye, mamá, ¿de dónde vienen los bebés? Oye, mamá, ¿cuánto falta para Navidad? Oye, mamá, ¿qué es una raíz cuadrada?
Cuando son bebés, las interrupciones son naturales: los llantos de «necesito comer», «necesito un pañal limpio», «necesito que me cojan en brazos». Cuando empiezan a andar, los padres suelen hacer de portero: agarrándolos por el trasero antes de que se caigan por las escaleras del sótano, sujetándoles el brazo antes de que se acerquen a acariciar al perro que gruñe, impidiéndoles que se adentren en la calle. Pero en cuanto empiezan a hablar, las verdaderas interrupciones fluyen sin cesar, y más vale que guardes los libros, las revistas y los periódicos, así como cualquier esperanza de tener un pensamiento coherente. Acabas de entrar en la «zona de la corriente de conciencia» de la crianza, donde cada pensamiento que entra en la mente de tu hijo se verbaliza en el momento en que llega a la primera neurona. Aunque el monólogo interior de tu hijo acabará desarrollándose, no cuentes con que sea pronto.
Oye, mamá, el perro acaba de vomitar en la alfombra. Oye, mamá, ¿me das cinco dólares? Oye, mamá, ¿cuánto tiempo tengo que esperar para aprender a conducir?
La mayoría de las veces, crees que puedes burlar esta ley inmutable de la naturaleza. Pero, de una forma u otra, acabas aprendiendo que simplemente no es posible. Cuando hayas leído el mismo párrafo 17 veces, sabrás que se ha acabado. Si tienes suerte, quizá consigas que lean un pie de foto de la revista *People* de principio a fin cuando estén en tercero de primaria. Pero, en general, no te molestes. Ya podrás leer cuando se vayan a la universidad.
Oye, mamá, ¿has visto mi saxofón? Oye, mamá, ¿dónde está Ecuador? Oye, mamá, ¿por qué huele raro la leche?
En poco tiempo, los lóbulos de tu cerebro empiezan a dejar de funcionar por falta de uso. Los lóbulos que siguen funcionando ahora actúan más bien como una luz estroboscópica. Tu nervio auditivo empieza a atrofiarse y a quedarse flácido, como un trozo de apio olvidado hace mucho tiempo. Tienes miedo de que a tus oídos les salga sangre si te vuelven a hablar de esa escena de «La Guerra de las Galaxias».
Oye, mamá, ¿había electricidad cuando tú ibas al colegio? Oye, mamá, ¿me das un caramelo? Oye, mamá, ¿podemos tener una llama como mascota?
Pero llegará un día y un momento en el que ya no podrás soportar más las interrupciones, ya sean por el síndrome premenstrual, un mal día en el trabajo o, simplemente, por exasperación. Los sonidos resonantes de la charla constante de tu hijo amenazan con reducir el martillo, el yunque y el estribo de tu conducto auditivo a un diminuto montón de polvo. Años de claqué verbal sobre el nervio acústico acabarán, en algún momento, por reducir tu paciencia a cero y perderás los estribos. Y justo cuando creas que ya no puedes más, es entonces cuando… Oye, mamá…
¿¡QUÉ!?!!
Te quiero.