Integridad, no perfeccionismo
“No dudes de tu bondad innata. A pesar de toda la confusión y el miedo, has nacido con un corazón que sabe lo que es justo, amoroso y bello”.”
—Jack Kornfield, El arte del perdón, la bondad amorosa y la paz
A veces, cuando hablo de la importancia de la integridad, veo cómo aparecen signos de miedo y estrés en los rostros de los padres. Para algunos, preservar la integridad es solo una cosa más que tienen que hacer en sus vidas, ya de por sí ajetreadas. Para otros, que realmente se esfuerzan al máximo por dar a su hijo o hija todo aquello que ellos mismos nunca tuvieron de pequeños, es otro ámbito en el que pueden “fracasar” y causar daño a sus queridos hijos. Para mí es desgarrador, y lo último que quiero es provocar miedo en vosotros, posiblemente la generación de padres más consciente que el mundo haya visto jamás. Así que dejadme aclarar algunas cosas.
En primer lugar, la «crianza esencial» no consiste en intentar ser perfectos. El perfeccionismo es el intento de hacer que la realidad se ajuste a una creencia que tenemos sobre cómo deberían ser las cosas. Este enfoque causa mucho sufrimiento en nuestro mundo, tanto a nosotros mismos como a las personas que nos rodean. Existe una diferencia entre la intencionalidad y el perfeccionismo, que tiene que ver con nuestra relación con la realidad y el efecto de esa relación en nuestro cuerpo y nuestra mente.
En el perfeccionismo nos oponemos a la realidad, la juzgamos como errónea y nos proponemos intentar corregir ese “error”, ya sea en nuestros hijos, en nosotros mismos o en algún aspecto del entorno. Al oponernos a la realidad, nuestro cuerpo y nuestra mente se contraen y entran en un estado de conciencia más reactivo. En este estado, nos volvemos menos conscientes de muchas corrientes de información vital que necesitamos para navegar con éxito por las olas cambiantes de la realidad: información somática, otras emociones y deseos, percepciones e intuiciones, y la comunicación verbal y no verbal de las personas con las que estamos. Con el tiempo, este patrón de pensamiento y comportamiento perfeccionista da lugar a la rigidez y a un sistema nervioso que se ve constantemente irritado por todo lo que va mal en la vida.
La intencionalidad (tal y como yo la veo) es diferente. En este caso, partimos de la aceptación de cómo son las cosas. Abrimos nuestra mente y nuestro cuerpo a la verdad de lo que está ocurriendo —aquí y ahora— y, a partir de este contacto más profundo con la realidad, añadimos nuestras intenciones y deseos más profundos a la ecuación y dejamos que la situación en su conjunto guíe nuestros comportamientos y nuestras interacciones con nuestros hijos. Se trata de un estado más integrado que el perfeccionismo. Es más eficaz y mucho más satisfactorio para todos los implicados.
La crianza de los hijos no consiste en acertar, hacerlo bien o tener éxito. Más bien, es un proceso a través del cual podemos aprender sobre nosotros mismos y sobre la naturaleza humana, y dejarnos transformar por lo que aprendemos. De este modo, la crianza de los hijos se convierte en el nuevo escenario de nuestras vidas donde podemos enfrentarnos a retos, cometer errores, toparnos con nuestros límites y transformarnos. Un proceso misterioso nos ha elegido a nosotros y a nuestros hijos para participar juntos en esta transformación. La inteligencia dinámica de la vida cree que estamos preparados para este aprendizaje y que somos el entorno adecuado para el crecimiento de nuestros hijos.
La plenitud es nuestro derecho innato y nuestro destino. Relájate y déjate llevar por los brazos amorosos del Misterio, y confía en ti mismo. Eres exactamente lo que tu hijo necesita.
Celebrando la plenitud
La próxima vez que estés en el parque viendo cómo tu hijo o hija da rienda suelta a su maravillosa y desbordante energía, tómate unos momentos para reflexionar sobre cómo te ha cambiado este proceso llamado «ser padre o madre». ¿De qué maneras te has visto obligado a superar tus límites? ¿En qué momentos te has echado a llorar tras verte obligado a ir más allá de tus capacidades? ¿Cuáles son algunas de las cosas que ahora sabes sobre ti mismo o sobre la naturaleza de la vida y que no sabías antes de que te regalaran a tu hijo o hija?
Siente la verdad de tus observaciones a medida que resuenan por todo tu cuerpo. Deja que cualquier corriente emocional surja libremente y ábrete a dejarte llevar por ellas. La reflexión consciente y la atención nos transforman una vez más, permitiéndonos una integración más profunda con cada nueva experiencia de la verdad.
Comparte tus observaciones con un amigo o con tu pareja, o anótalas en un diario una vez que el Gran Misterio haya hecho que tu pequeño se sumerja en un sueño profundo y reparador.
“¿Quién es, entonces, el que actúa? ¿Es la niña la que lleva a su madre, más allá del velo del egoísmo, hacia la infinitud? ¿Es la madre, que decide considerar sagradas las necesidades de su hija y entregarse por completo? ¿O es el Uno, que entrelaza a ambas a través de un camino en espiral hacia la plenitud?”
–Vimala McClure, «El Tao de la maternidad»