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Creer: la neurociencia de las verdades inversas

Aunque la adolescencia de mis hijos me curó de la mayoría de mis teorías, algunas fundamentales sobrevivieron y se revelan con aún mayor claridad con el paso de los años. Una de ellas es el principio de las verdades inversas. En la ciencia tradicional, se llega a la verdad planteando una hipótesis y acumulando luego datos para demostrarla o refutarla; los datos imponen la conclusión. Las verdades inversas funcionan al revés: la hipótesis o la creencia crea los datos.

Nuestras suposiciones determinan lo que percibimos del mundo y los significados que le atribuimos. No solo es necesario creer para ver, sino que además hacemos que suceda aquello que esperamos que ocurra. Una historia crea una realidad. Por ejemplo, un placebo es una pastilla inerte, más una historia. Al paciente se le prescriben unas expectativas que, en la mayoría de los casos, se hacen realidad. Al anticipar una experiencia, podemos crearla. La historia genera una verdad tan poderosa que puede revertir los efectos farmacológicos del medicamento real. La historia del placebo es una mentira piadosa, una ficción que se convierte en verdad.

La verdad inversa más importante de nuestras vidas es la confianza que depositamos en nuestros hijos. Nos ven como un espejo de quiénes son, y se convierten en lo que ven. Si confiamos en ellos y los respetamos, se vuelven dignos de confianza y se respetan a sí mismos.

Algunos padres interpretan esta “verdad inversa” al revés, pensando que solo confiarán en un niño una vez que este haya demostrado ser digno de confianza. Hay verdades directas, pero esta no es una de ellas. La confianza que depositamos en nuestros hijos es captada por ellos y se transforma en su propia confianza en sí mismos. Les transmitimos un mensaje tácito: «Creeré en ti hasta que ambos podamos hacerlo». Cuando esa afirmación no está presente, es posible que pasen toda su vida buscando esa aprobación esquiva.

Thomas Carlyle tenía razón: “Dile a un hombre que es valiente y le ayudarás a serlo”. Como padre, la clave está en creer en lo que dices, ya que los elogios fingidos y el interés falso son falsedades que el ojo experto de un niño detecta al instante. También observo esta verdad inversa en mi ámbito profesional. Cuando trabajo con profesionales en ejercicio (como médicos y expertos financieros) y con profesionales del espectáculo (actores y deportistas), tengo que creer en ellos para que puedan creer en sí mismos, con un mensaje tácito: “Creeré en ti mientras me enseñas el porqué, hasta que ambos lo sepamos”. Por eso solo trabajo con clientes en los que realmente creo.

Una consecuencia de creer en mis hijos era creer en sus palabras, en su sinceridad. Cuando mis dos hijos eran muy pequeños, les dije que nunca les mentiría y que, a mi vez, siempre creería todo lo que me contaran. Ya entonces era consciente de la responsabilidad que eso les imponía de decir siempre la verdad.

Hace ya muchos años, un Día del Padre —el último de mi hijo antes de marcharse de casa y empezar la universidad—, encontré una carta suya en el lavabo de mi cuarto de baño. En ella había un pasaje en el que hablaba de su percepción de esta verdad al revés: “Tú nunca me mentiste y yo nunca te mentí a ti. Al principio me pareció una tontería, pero con el paso del tiempo cobró más importancia y me di cuenta de que nunca lo haría. Esta es una relación que muy pocos han tenido jamás”.”