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¿Se puede ser ama de casa radical con una pareja que no te apoya?

Por Shannon Hayes

¿Qué ocurre cuando uno de los miembros de una pareja quiere llevar un nuevo estilo de vida, pero el otro no?

“Pero tienes a Bob”. No puedo contar las veces que he oído esa frase sobre mi marido desde que empecé a promover los ideales del «radical homemaking». Rara vez lo oigo en público. Suele surgir en conversaciones privadas tras las conferencias; se susurra en las firmas de libros; llega a mi bandeja de entrada cuando aspirantes a amas de casa radicales confiesan cuál es el mayor obstáculo para transformar su hogar de un centro de consumo a un centro de producción: una pareja que no les apoya.

He cogido de la mano a desconocidos mientras lloraban por sus matrimonios, y he leído largas cartas anónimas llenas de amor y dolor. Me duele el corazón por estas almas. He querido publicar en repetidas ocasiones un artículo que abordara este problema, pero me han hecho falta dos años escuchando estas historias personales antes de poder encontrar en ellas algunos temas universales que pudieran resultar útiles para aquellas personas que se enfrentan a situaciones similares.

La verdad sobre la vida doméstica radical es que tanto las personas solteras como las casadas pueden llevarla a cabo. Pero si no todos los adultos del hogar se implican en el esfuerzo, resulta casi imposible. Es fácil criticar a una pareja que se niega a llevar una botella de agua, compra café todos los días en un vaso desechable, desalienta a cualquiera a dejar un trabajo que odia y sigue pensando que los Hummer molan. Pero, como te dirá cualquiera que se haya enfrentado a este problema en un matrimonio, no es una cuestión de blanco o negro. Estas uniones suelen forjarse cuando el amor es verdadero y los ideales son elevados. La persona que quiere emprender el camino de las tareas domésticas radicales no siempre puede tachar a una pareja que no la apoya de imbécil, presentar un acuerdo de separación y, sencillamente, pasar página. Las personas a las que amamos son complejas. Hay razones por las que una pareja puede mostrarse burlona ante esta idea de la vida doméstica radical y seguir comprando el frappuccino de moca con la tapa de plástico desechable abombada, incluso si ama el planeta y se preocupa por la justicia social.

Desesperación. La diferencia más evidente que he observado entre la aspirante a ama de casa radical y la pareja que no la apoya es que las primeras aún tienen esperanza. Siguen creyendo que sus decisiones cotidianas tendrán un impacto en el futuro del mundo. Queda suficiente optimismo en sus almas como para creer que cambiar su forma de vida, aunque sea de forma gradual, sigue siendo posible. Creen que, con tiempo y perseverancia, puede surgir una vida nueva y mejor. La pareja que no apoya a menudo también desea un mundo mejor. Pero ha dejado de creer que sea posible. El hecho de cuidar un jardín, de remendar la ropa o de realizar cualquier esfuerzo para salvar el planeta parece infructuoso para una persona que siente que quizá sea demasiado poco y demasiado tarde. Aunque el deseo de un planeta sanado pueda ser el mismo, es posible que la pareja que no apoya simplemente encuentre consuelo en un estilo de vida consumista porque ya no puede encontrar consuelo en la esperanza.

Miedo. En nuestra cultura se nos enseña a tener miedo de tantas cosas: miedo a no tener un sueldo fijo, miedo a que nuestros hijos no estudien en los mejores colegios, miedo a no encajar en el barrio, miedo a vivir sin dos o más coches en casa, miedo a depender del apoyo de familiares y amigos. El camino de la vida doméstica radical exige que la persona se enfrente a esos miedos. Quien aspira a ser ama de casa radical ha sido capaz de hacerlo y ha descubierto que muchos, si no todos, de sus miedos no son más que un laberinto de espejos que le impiden llevar un estilo de vida más profundo, placentero y empoderador. Es posible que la pareja que no apoya esta decisión siga cegada por los miedos, tan aferrada a ellos que no esté dispuesta a entablar un diálogo que pueda cuestionarlos.

La falta de un sueño. La desesperación y el miedo ya son, por sí solos, rasgos problemáticos en una pareja que no te apoya, pero cualquiera que se plantee seguir un camino diferente en la vida se enfrenta a ellos. Para poder luchar aunque sea un poco por disiparlos, una persona debe ser capaz de imaginar cómo sería la vida sin ellos. ¿Cómo sería una vida en la que no se tuviera miedo? ¿En la que se viviera con el optimismo de que nuestras elecciones individuales colectivas darán lugar a una nueva comunidad global? ¿Cómo sería una vida feliz?

El miedo y la desesperación se cuelan en la vida de todos. Se apoderan de nuestras decisiones cotidianas sin que nos demos cuenta, ahogando nuestra imaginación… a menos que nos tomemos el tiempo para soñar. Soñar con lo que realmente queremos para nuestros hogares, para nuestras familias, para nuestra tierra y nuestras comunidades, y para nuestro tiempo es el mejor antídoto que conozco contra el miedo y la desesperación. Cada vez que reflexionamos sobre lo que más deseamos en nuestras vidas, nos vemos impulsados a examinar las barreras que nos separan de nuestros sueños. Y cada vez que las examinamos y las expresamos, las barreras se debilitan un poquito más y los sueños se vuelven un poquito más claros.

En nuestra familia soñamos constantemente. Y cada pocos años, Bob y yo ponemos por escrito cuál es nuestro sueño actual. Anotamos todo lo que deseamos para la tierra: tanto la tierra de la que somos guardianes como aquella sobre la que dejamos huella con nuestras decisiones vitales. Anotamos en qué queremos emplear nuestro tiempo, cuáles nos gustaría que fueran nuestros recursos económicos y cómo queremos que sea nuestro hogar. El sueño que escribimos es compartido. Contiene lo que ambos queremos: sin concesiones, sin negociaciones. Está colgado en una pared de la habitación donde nos reunimos cada mañana para compartir una taza de café o té. Y cada decisión que tomamos juntos, ya sea una simple elección sobre qué hacer ese día o una gran decisión sobre una inversión financiera, refleja los sueños que están colgados en nuestra pared. Nos recuerda que tocar música juntos es tan importante como preparar salchichas para el mercado de agricultores, devolver llamadas o ocuparnos del papeleo. Nos recuerda que mantener el coche apagado tanto como sea posible nos mantiene más cerca de nuestros sueños más profundos. Cuando tomamos decisiones sobre nuestro dinero, nos recuerda el mundo que queremos crear.

Esto no quiere decir que el miedo y la desesperación no se cuelen en nuestras vidas. Pero con nuestra visión compartida colgada en la pared, se nos recuerda constantemente que debemos enfrentarnos a ellos y ver el miedo y la desesperación tal y como son en realidad: obstáculos para nuestros sueños. El sueño mantiene a raya el miedo y la desesperación. Y nos permite apoyarnos mutuamente, porque ambos sabemos hacia dónde nos dirigimos.

No todas las relaciones merecen la pena conservarlas. A veces, las parejas deben seguir caminos separados. Pero otras veces, aunque se dan todos los elementos para una vida feliz juntos, se necesita ayuda para que salgan a la luz. Si anhelas el camino del «radical homemaker» y sientes que tu pareja no te apoya, antes de abandonar tu relación, plantéate si el miedo y la desesperación tienen a la otra persona como rehén. Son sentimientos muy reales para quien los experimenta, y es importante reconocer su existencia. Pero luego, si puedes, intentad volver a soñar juntos, como quizá hicisteis hace mucho tiempo. Puede que vuestros sueños compartidos no resuelvan el miedo y la desesperación, pero te prometo que los suavizarán. Y lo que es mejor aún, esos sueños infunden esperanza e inspiran valor. Y la esperanza y el valor inspiran un cambio positivo, aunque sea lento. El camino de la «ama de casa radical» puede tener más curvas en el camino para tu familia que para otras, pero el viaje seguirá siendo interesante, hermoso y poderoso.