Dicen que se necesita todo un pueblo
Últimamente he estado pensando mucho en el estilo de vida de las personas que vivieron mucho antes que nosotros, cuando las familias vivían en aldeas: la época de los cazadores-recolectores, en la que cada uno tenía una tarea que realizar y de la que dependía la comunidad para sobrevivir. Cuando las comidas las preparaba un grupo y todos se sentaban juntos para rezar, comer, beber, contar historias, reír, bailar y charlar entre ellos. Cuando la gente colaboraba para construir cabañas y refugios, para defenderse de los atacantes y para criar a los niños. En aquellos tiempos, cuando nacía un niño en una aldea, literalmente todas las mujeres se reunían para ayudar a cuidar de la nueva madre y del bebé. Leí en alguna parte que se necesitan 3,75 adultos para cuidar adecuadamente de un recién nacido. No pongo en duda esa estadística.
He estado anhelando un mayor sentido de comunidad, y mi mente me lleva con frecuencia a pensar en nuestros antepasados. Aunque hemos tenido la suerte de disfrutar de tantos grandes avances en tecnología y medicina, la vida de entonces, de alguna manera, parece mucho más sencilla y gratificante que la del mundo actual.
Cuando nació Landon, y durante sus primeras semanas de vida en casa tras salir del hospital, no sabía en quién podía apoyarme. Mi «red de apoyo» la formábamos solo yo y, durante dos semanas, mi marido, Chris. No teníamos amigos cerca, ni familia cerca, ni ninguna mujer con la que tuviera la suficiente confianza como para que se ofreciera a cocinar, a ayudar con la colada o a cuidar del pequeño Landon mientras yo recuperaba el sueño.
Aquellas primeras semanas y meses estuvieron tan llenos de amor que nunca me compadecí de mí misma ni sentí que necesitara nada ni a nadie más, aparte de mi nuevo y precioso bebé. ¿Pero fueron duros aquellos días? Increíblemente. Nadie te dice lo duro que es cuando sales del hospital, cuando dejas atrás la ayuda de las enfermeras las 24 horas del día, los 7 días de la semana, y te adentras en la vida real con un bebé recién nacido como madre primeriza. Recuerdo que me derrumbé y me eché a llorar el quinto día después de volver del hospital a casa porque se me rompió el sacaleches. Tenía un bebé muy hambriento y exigente que rechazaba mi pezón, tenía los pechos congestionados y doloridos, y me aterrorizaba salir de mi piso con un bebé recién nacido completamente sola e ir a Target en busca de un sacaleches de repuesto. Pero cuando la vida te presenta situaciones difíciles, das un paso al frente. Haces lo que tienes que hacer para sobrevivir. No para tu propia supervivencia, sino para la de esa nueva vida que acabas de crear, la cual ha redefinido tu propósito: criar, cuidar y hacer lo que sea necesario para que esa nueva vida sea feliz, esté sana, crezca, esté protegida y se sienta muy querida.
Ahora que estamos intentando tener nuestro segundo hijo, vuelvo a sentir miedo. ¿Cómo voy a volver a pasar por todo eso, mientras cuido además de un niño pequeño? Tras el fallecimiento de la madre de Chris, sin familia ni amigos cercanos a nuestro alrededor y con la situación económica más ajustada que, naturalmente, conlleva tener más hijos, me da más miedo que nunca volver a criar a un bebé.
Vivimos en un mundo en el que todo se difunde por Internet. Las mujeres publican en Instagram y utilizan el Photoshop para mostrar su mejor versión, recortando todo lo que no les gusta. Mantemos relaciones a través del ordenador en lugar de en persona, y las mujeres y las madres se ven constantemente obligadas a compararse con las vidas retocadas y editadas de otras mujeres. Como resultado, en lugar de abrirnos a los demás, nos encerramos en nosotros mismas y nos sentimos solas en nuestras vidas, que distan mucho de ser glamurosas.
Y en esta nueva era de información y tecnología sin fin, cada día nos enteramos de nuevas técnicas y filosofías sobre la crianza de los hijos. Nos enteramos de las últimas retiradas de productos del mercado, de nuevas preocupaciones en materia de seguridad y de las investigaciones sobre el síndrome de muerte súbita del lactante, y de que deberíamos alimentar a nuestros hijos con dietas ecológicas, sin gluten y sin caseína. Nos bombardean con nuevos artículos e investigaciones sobre si vacunar o no, sobre las ventajas de apuntar a tu bebé de seis meses a clases de natación, sobre por qué la educación en casa es lo mejor para tus hijos y sobre cómo criar a un niño espiritualmente dotado y consciente. Aprendemos sobre la crianza basada en el apego y la crianza basada en el desapego, y por qué cada una es mejor que la otra. Es sencillamente abrumador, y encima a todo el mundo le encanta darte sus consejos no solicitados.
Pero lo que necesitamos no son consejos. Necesitamos ayuda y necesitamos una comunidad.
¿Volveremos a vivir alguna vez en pequeñas cabañas y aldeas? No. Pero podemos unirnos y ser sinceros los unos con los otros. Podemos dejar de lado las extravagantes fiestas de bienvenida al bebé y las invitaciones por puro alarde, y ofrecernos unos a otros actos de bondad auténticos, total y absolutamente desinteresados, que no se hagan por obligación ni en busca de reconocimiento. Podemos pasar por casa de alguien para echarle una mano, en lugar de enviarle un mensaje de texto vacío del tipo “dime si necesitas algo”. Podemos mostrar amor, no juicio. Podemos hacer cosas los unos por los otros sin esperar nada a cambio. Y creo que estar realmente ahí los unos para los otros nos llevará de vuelta a una comunidad. En el fondo, sabemos que la vida puede ser mucho más gratificante y plena. Porque la vida es dura. No porque lo estemos haciendo mal, sino porque, a veces, simplemente es dura. Y las cargas que llevamos pueden ser mucho más ligeras cuando nos tenemos los unos a los otros, en lugar de estar solos.