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El instinto de la compasión

Por Dacher Keltner, doctor

Son muchos los que se preguntan si la verdadera compasión existe realmente, o si, por el contrario, está intrínsecamente motivada por el interés propio.

Estudios recientes sobre la compasión defienden de forma convincente una visión diferente de la naturaleza humana, que rechaza la preeminencia del interés propio. Estos estudios respaldan una visión de las emociones como racionales, funcionales y adaptativas, una visión que tiene su origen en la obra de Darwin *La expresión de las emociones en el hombre y los animales*. Según sugiere esta investigación, la compasión y la benevolencia son una parte evolucionada de la naturaleza humana, arraigada en nuestro cerebro y nuestra biología, y lista para ser cultivada en pro del bien común.

Una base biológica

Consideremos, en primer lugar, el reciente estudio sobre la base biológica de la compasión. Si dicha base existe, deberíamos estar programados, por así decirlo, para responder ante quienes se encuentran en situación de necesidad. Las pruebas recientes respaldan este punto de forma convincente. El psicólogo Jack Nitschke, de la Universidad de Wisconsin, descubrió en un experimento que, cuando las madres miraban fotos de sus bebés, no solo afirmaban sentir un amor más compasivo que cuando veían a otros bebés, sino que también mostraban una actividad única en una región de su cerebro asociada a las emociones positivas. El hallazgo de Nitschke sugiere que esta región del cerebro está sintonizada con los primeros objetos de nuestra compasión: nuestros hijos.

Pero este instinto compasivo no se limita al cerebro de los padres. En otra serie de estudios, Joshua Greene y Jonathan Cohen, de la Universidad de Princeton, descubrieron que, cuando los sujetos contemplaban el daño que se infligía a otras personas, se activaba una red similar de regiones en sus cerebros. Nuestros hijos y las víctimas de la violencia: dos temas muy diferentes, pero unidos por las reacciones neurológicas similares que provocan. Esta coherencia sugiere claramente que la compasión no es simplemente una emoción voluble o irracional, sino más bien una respuesta humana innata arraigada en los pliegues de nuestro cerebro.

En otra investigación llevada a cabo por los neurocientíficos James Rilling y Gregory Berns, de la Universidad de Emory, se ofreció a los participantes la oportunidad de ayudar a otra persona mientras se registraba su actividad cerebral. Ayudar a los demás activó el núcleo caudado y el cíngulo anterior, zonas del cerebro que se activan cuando las personas reciben recompensas o experimentan placer. Se trata de un hallazgo bastante notable: ayudar a los demás nos produce el mismo placer que obtenemos de la satisfacción de un deseo personal.

El cerebro, por lo tanto, parece estar programado para responder al sufrimiento ajeno; de hecho, nos hace sentir bien cuando podemos aliviar ese sufrimiento. Pero, ¿hay otras partes del cuerpo que también apunten a una base biológica de la compasión?

Así parece. Tomemos como ejemplo el conjunto de glándulas, órganos y sistemas cardiovascular y respiratorio conocido como sistema nervioso autónomo (SNA). El SNA desempeña un papel fundamental en la regulación de nuestro flujo sanguíneo y nuestros patrones respiratorios ante diferentes tipos de situaciones. Por ejemplo, cuando nos sentimos amenazados, nuestra frecuencia cardíaca y respiratoria suelen aumentar, preparándonos para enfrentarnos a la amenaza o huir de ella: la denominada respuesta de “lucha o huida”. ¿Cuál es el perfil del SNA en relación con la compasión? Resulta que, cuando los niños pequeños y los adultos sienten compasión por los demás, esta emoción se refleja en cambios fisiológicos muy reales: su frecuencia cardíaca desciende con respecto a los niveles basales, lo que les prepara no para luchar ni huir, sino para acercarse y tranquilizar.

Luego está la oxitocina, una hormona que circula por el torrente sanguíneo. Las investigaciones realizadas con los roedores pequeños y robustos conocidos como topillos de la pradera indican que la oxitocina fomenta los vínculos y compromisos a largo plazo, así como el tipo de comportamiento protector —como el cuidado de las crías— que constituye la esencia de la compasión. Puede que sea la responsable de esa abrumadora sensación de calidez y conexión que sentimos hacia nuestros hijos o seres queridos. De hecho, la lactancia materna y los masajes elevan los niveles de oxitocina en la sangre (al igual que comer chocolate). En algunos estudios recientes que he llevado a cabo, hemos descubierto que cuando las personas adoptan comportamientos asociados al amor compasivo —sonrisas cálidas, gestos amables con las manos, inclinaciones afirmativas hacia delante— sus cuerpos producen más oxitocina. Esto sugiere que la compasión puede ser un círculo virtuoso: ser compasivo provoca una reacción química en el cuerpo que nos motiva a ser aún más compasivos.

Señales de compasión

Según la teoría evolutiva, si la compasión es realmente vital para la supervivencia humana, se manifestaría a través de señales no verbales. Dichas señales cumplirían numerosas funciones adaptativas. Lo más importante es que una señal clara de compasión tranquilizaría a quienes se encuentran en situación de angustia, permitiría a las personas identificar a los individuos de buen carácter con los que desearían mantener relaciones a largo plazo y ayudaría a forjar vínculos entre desconocidos y amigos. Las investigaciones de Nancy Eisenberg, quizás la mayor experta mundial en el desarrollo de la compasión en los niños, han revelado que existe una expresión facial concreta de compasión, caracterizada por cejas inclinadas y una mirada preocupada. Cuando alguien muestra esta expresión, es más probable que ayude a los demás. Mi trabajo ha analizado otra señal no verbal: el contacto físico.

Investigaciones anteriores ya han documentado las importantes funciones del tacto. Los primates, como los grandes simios, pasan horas cada día acicalándose mutuamente, incluso cuando no hay piojos en su entorno físico. Utilizan el acicalamiento para resolver conflictos, para recompensar la generosidad de los demás y para forjar alianzas. La piel humana cuenta con receptores especiales que transforman los patrones de estimulación táctil —la caricia de una madre o la palmada en la espalda de un amigo— en sensaciones imborrables, tan duraderas como los olores de la infancia. Ciertos toques pueden desencadenar la liberación de oxitocina, lo que provoca sensaciones de calidez y placer. El contacto físico con crías de rata desatendidas puede revertir los efectos de su anterior aislamiento social, llegando incluso a reforzar su sistema inmunológico.

Mi trabajo se propuso documentar, por primera vez, si la compasión puede transmitirse a través del tacto. Tal hallazgo tendría varias implicaciones importantes. Demostraría que podemos comunicar esta emoción positiva mediante manifestaciones no verbales, mientras que las investigaciones anteriores se han centrado principalmente en la expresión no verbal de emociones negativas, como la ira y el miedo. Este hallazgo también arrojaría luz sobre las funciones sociales de la compasión: cómo las personas pueden recurrir al tacto para calmar, recompensar y crear vínculos en la vida cotidiana.

En mi experimento, reuní a dos desconocidos en una habitación en la que estaban separados por una barrera. No podían verse, pero podían entrar en contacto a través de un orificio. Una de las personas tocaba a la otra en el antebrazo varias veces, intentando transmitir en cada ocasión una de las doce emociones, entre las que se incluían el amor, la gratitud y la compasión. Tras cada contacto, la persona tocada tenía que describir la emoción que creía que le estaba transmitiendo la persona que la había tocado.

Imagínate a ti mismo en este experimento. ¿Cómo crees que te iría? Sorprendentemente, los participantes en estos experimentos identificaron de forma fiable la compasión, así como el amor y las otras diez emociones, a partir de los toques en el antebrazo. Esto sugiere claramente que la compasión es una parte evolucionada de la naturaleza humana, algo que todos somos capaces de expresar y comprender.

Motivar el altruismo

Sentir compasión es una cosa; actuar en consecuencia es otra. Aún debemos enfrentarnos a una cuestión fundamental: ¿fomenta la compasión el comportamiento altruista? En una importante línea de investigación, Daniel Batson ha defendido de forma convincente que así es. Según Batson, cuando nos encontramos con personas necesitadas o en situación de angustia, a menudo imaginamos cómo es su experiencia. Adoptar la perspectiva de otra persona es un gran hito en el desarrollo. No solo es una de las capacidades más humanas, sino que también es uno de los aspectos más importantes de nuestra capacidad para emitir juicios morales y cumplir el contrato social. Cuando adoptamos la perspectiva del otro, sentimos un estado empático de preocupación y nos sentimos motivados a atender las necesidades de esa persona y mejorar su bienestar, a veces incluso a costa de nosotros mismos.

En una serie de estudios muy reveladores, Batson expuso a los participantes al sufrimiento de otra persona. A continuación, pidió a algunos de ellos que imaginaran el dolor de esa persona, pero les permitió actuar de forma egoísta; por ejemplo, abandonando el experimento.

En el marco de esta serie, en uno de los estudios se pidió a los participantes que observaran cómo otra persona recibía descargas eléctricas al fallar en una tarea de memoria. A continuación, se les pidió que recibieran descargas en nombre de ese participante, del que se les había dicho que había sufrido un trauma por descargas eléctricas durante su infancia. Los participantes que habían manifestado sentir compasión por la otra persona se ofrecieron voluntariamente a recibir varias descargas en su lugar, incluso cuando tenían libertad para abandonar el experimento.

En otro experimento, Batson y sus colegas analizaron si las personas que sentían compasión ayudarían a alguien en apuros, incluso cuando sus actos fueran totalmente anónimos. En este estudio, las participantes intercambiaron notas escritas con otra persona, que rápidamente expresó sentirse sola y mostrar interés en pasar tiempo con la participante. Aquellas participantes que sentían compasión se ofrecieron voluntarias para pasar bastante tiempo con la otra persona, incluso sabiendo que nadie más se enteraría de su acto de bondad.

En conjunto, nuestras líneas de evidencia sugieren lo siguiente: la compasión está profundamente arraigada en la naturaleza humana; tiene una base biológica en el cerebro y el cuerpo. Los seres humanos pueden comunicar compasión a través de los gestos faciales y el contacto físico, y estas manifestaciones de compasión pueden desempeñar funciones sociales vitales, lo que apunta claramente a una base evolutiva de la compasión. Además, cuando se experimenta, la compasión prevalece sobre los intereses egoístas y motiva un comportamiento altruista.

Cultivar la compasión

Así pues, podemos observar la gran propensión del ser humano a la compasión y los efectos que esta puede tener en el comportamiento. Pero, ¿podemos realmente cultivar la compasión, o todo viene determinado por nuestros genes?

Estudios recientes en neurociencia sugieren que las emociones positivas son menos hereditarias —es decir, están menos determinadas por nuestro ADN— que las emociones negativas. Otros estudios indican que las estructuras cerebrales implicadas en las emociones positivas, como la compasión, son más “plásticas”, es decir, están sujetas a cambios provocados por los estímulos del entorno. Así pues, podríamos considerar la compasión como una habilidad o virtud de base biológica, pero no como algo que simplemente se tiene o no se tiene. Más bien, es un rasgo que podemos desarrollar en un contexto adecuado. ¿Cómo podría ser ese contexto? En el caso de los niños, estamos descubriendo algunas respuestas.

Algunos investigadores han observado a un grupo de niños a lo largo de su crecimiento, buscando dinámicas familiares que pudieran hacer que los niños fueran más empáticos, compasivos o propensos a ayudar a los demás. Esta investigación apunta a varios factores clave. En primer lugar, los niños con un vínculo seguro con sus padres, en comparación con los que tienen un vínculo inseguro, tienden a mostrarse comprensivos con sus compañeros ya a partir de los tres años y medio, según la investigación de Everett Waters, Judith Wippman y Alan Sroufe. Por el contrario, las investigadoras Mary Main y Carol George descubrieron que los padres maltratadores que recurren a la violencia física tienen hijos menos empáticos.

Los psicólogos del desarrollo también se han interesado en comparar dos estilos específicos de crianza. Los padres que recurren a la inducción involucran a sus hijos en el razonamiento cuando estos han causado daño, animándoles a pensar en las consecuencias de sus actos y en cómo estos han perjudicado a los demás. Los padres que recurren a la imposición de autoridad se limitan a declarar qué está bien y qué está mal, y recurren con mayor frecuencia al castigo físico o a fuertes reacciones emocionales de enfado. Nancy Eisenberg, Richard Fabes y Martin Hoffman han descubierto que los padres que utilizan la inducción y el razonamiento crían a hijos mejor adaptados y más dispuestos a ayudar a sus compañeros. Este estilo de crianza parece fomentar las herramientas básicas de la compasión: la comprensión del sufrimiento ajeno y el deseo de aliviarlo.

Los padres también pueden enseñar la compasión con el ejemplo. Un estudio de referencia sobre el altruismo, realizado por Pearl y Samuel Oliner, reveló que los niños cuyos padres son compasivos tienden a ser más altruistas. En el estudio de los Oliner sobre los alemanes que ayudaron a rescatar a judíos durante el Holocausto nazi, uno de los factores que mejor predecía este comportamiento inspirador era el recuerdo que tenía la persona de haber crecido en una familia que daba prioridad a la compasión y al altruismo.

Un mundo más compasivo

La salud de las comunidades humanas depende en gran medida de nuestra concepción de la naturaleza humana. Durante mucho tiempo se ha dado por sentado que el egoísmo, la codicia y la competitividad constituyen el núcleo del comportamiento humano, como resultado de nuestra evolución. No hace falta mucha imaginación para darse cuenta de cómo estas suposiciones han guiado la mayoría de los ámbitos de la vida humana, desde la elaboración de políticas hasta la representación de la vida social en los medios de comunicación.

Pero está claro que los últimos descubrimientos científicos cuestionan rotundamente esta visión de la naturaleza humana. Vemos que la compasión está profundamente arraigada en nuestro cerebro, en nuestro cuerpo y en las formas más básicas en que nos comunicamos. Es más, el sentido de la compasión fomenta un comportamiento compasivo y contribuye a dar forma a las lecciones que enseñamos a nuestros hijos.