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El camino hacia la práctica holística: un enfoque integrado

Por Dr. Larry Palevsky

Todos los médicos dedican años a formarse y prepararse para su profesión. La carrera de Medicina y las prácticas suponen oportunidades fundamentales para el aprendizaje. Pero la formación no termina una vez finalizada la etapa de formación. A veces, para ser el mejor médico posible, hay que estar dispuesto a desaprender lo que te enseñaron que era cierto y tener en cuenta las pruebas que tienes delante de tus ojos.

Tras cuatro años de residencia en pediatría y formación de especialización, pasé nueve años atendiendo a niños enfermos en servicios de urgencias pediátricas, salas de partos, unidades de cuidados intensivos pediátricos y neonatales y salas de hospitalización del sistema hospitalario de la ciudad de Nueva York. Desarrollé un amplio repertorio de técnicas para prestar ayuda rápida a los niños enfermos.

Los niños con asma parecían responder bien al tratamiento con inhaladores, esteroides e inhibidores de leucotrienos. Sin embargo, estos mismos niños seguían acudiendo con regularidad, con síntomas recurrentes de tos, sibilancias y dificultad para respirar. Del mismo modo, a los niños con otitis siempre se les recetaban antibióticos. No obstante, a menudo volvían a urgencias, presentándose de nuevo enfermos tras completar sus ciclos de tratamiento de 10 días. A los recién nacidos que parecían apáticos y sin vida tras partos difíciles se les reanimaba enérgicamente y, invariablemente, se les ingresaba en la unidad de cuidados intensivos neonatales para su observación y tratamiento, ya que no se animaban lo suficiente como para pasar a la sala de recién nacidos habitual. A menudo, tardaban días en recuperarse y desarrollar un tono muscular adecuado, o en demostrar la capacidad de alimentarse correctamente.

Mi formación médica me preparó para intervenir en situaciones de crisis. Sin embargo, no estaba preparada para comprender los factores que contribuían a que los niños desarrollaran enfermedades infantiles agudas y crónicas. Tampoco me enseñaron un dato fundamental que ha transformado mi forma de pensar sobre cómo tratar adecuadamente a los niños: que el cuerpo de los niños se esfuerza por recuperarse cuando están enfermos y presentan los síntomas de enfermedades comunes, tanto agudas como crónicas.

En cambio, me enseñaron a acabar con los síntomas y las enfermedades de los niños a toda costa, utilizando tantos medicamentos de venta libre y con receta como pudiera, para hacer desaparecer todo el dolor y el sufrimiento. Al fin y al cabo, nos enseñan que las enfermedades y los síntomas son malos y hay que acabar con ellos, sobre todo en nuestros hijos. Sin embargo, he llegado a comprender que, con nuestro uso y abuso de medicamentos sin receta, antibióticos y medicamentos con receta, lo que a menudo estamos frenando en realidad es el proceso natural de curación y maduración de nuestros hijos. Este enfoque médico, combinado con la exposición habitual de los niños a las toxinas, es el responsable directo de las enfermedades crónicas que padecen entre una cuarta parte y un tercio de los niños de nuestra sociedad.

Poco a poco, empecé a escuchar y a aprender las filosofías y las enseñanzas científicas de otras prácticas curativas: medicina nutricional y funcional, medicina china y ayurvédica, quiropráctica, naturopatía, osteopatía, homeopatía, reiki, aceites esenciales, medicina energética, chamanismo y mucho más. Entré en contacto con ideas nuevas y apasionantes sobre la salud, el bienestar, la enfermedad y la curación. Para mí tenían mucho sentido. Muchas de esas ideas contradecían lo que me habían enseñado a creer, pero sabía que había abierto una puerta a una perspectiva de la salud que resonaba con una sabiduría más profunda.

Empecé a darme cuenta de que podía ayudar a las familias a informarse sobre la prevención y los tratamientos seguros para sus hijos cuando estaban enfermos, ayudándoles a sobrellevar sus síntomas sin suprimirlos. Estos niños salían, sin excepción, más fuertes tras recuperarse de sus enfermedades. Me sorprendió descubrir que los niños tienen una capacidad innata para curarse. Las ciencias básicas de la fisiología, la inmunología y la neurología que aprendemos en la facultad de medicina demuestran lo intrínsecamente resistentes que son los niños y lo capaces que son de mantenerse sanos y hacerse más fuertes si no interferimos en sus sistemas biológicos. Esta visión científica y filosófica de nuestro cuerpo es aceptada por todos los métodos de curación del mundo… excepto por la medicina occidental.

Un mundo de toxinas

La transición hacia estas nuevas ideas no fue fácil. Mis colegas, los residentes y los estudiantes de medicina no querían oír que las sustancias químicas presentes en el organismo de los niños que desencadenaban sus síntomas inflamatorios de asma, eccema y otras afecciones agudas y crónicas se producían directamente a partir de la acumulación de toxinas en la vida de los niños. Estaban en los alimentos que comían, en el aire que respiraban, en los productos para la piel que les aplicábamos y en los ingredientes de sus vacunas. Incluso la intensidad de la estimulación de su sistema nervioso resultaba perjudicial.

Un simple cambio en su alimentación, una mejora en su salud intestinal y una reducción de la estimulación no solo podrían tratar sus afecciones agudas o crónicas, sino también evitar que volvieran a aparecer. Pensé que mis colegas se sentirían intrigados. Yo, desde luego, lo estaba. Al fin y al cabo, se trataba de ciencia. Si se reducía la carga tóxica que entraba en el organismo de los niños y se reforzaba su fisiología innata, dejarían de estar enfermos o se recuperarían fácilmente una vez restablecido el equilibrio.

No obstante, los demás médicos seguían recetando medicamentos a los niños para suprimir sus síntomas, a menudo sin ser conscientes de que los síntomas de la enfermedad formaban parte de su biología normal para expulsar las sustancias químicas tóxicas acumuladas. En cambio, con estos medicamentos, estaban empujando esas toxinas más hacia el interior de sus cuerpos hasta la siguiente vez que los niños intentaran enfermar, lo cual volvería a ser suprimido con medicamentos una vez más. En este ciclo, los niños con enfermedades infantiles agudas frecuentes acababan desarrollando afecciones crónicas. Sus cuerpos ya no tenían la fuerza suficiente para expulsar por completo la creciente carga de sustancias químicas tóxicas que acumulaban. Estas nuevas ideas ponían en tela de juicio los propios cimientos del modelo médico convencional en el que nosotros, como médicos, habíamos recibido nuestra formación.

“La nutrición no es una especialidad médica”, fueron algunas de las primeras palabras que oí cuando empecé la carrera de Medicina en 1983. Sin embargo, a través de mi propia formación y mis experiencias, he llegado a comprender lo importantes que son la nutrición y la salud intestinal para el bienestar general de nuestros hijos. Podemos encontrar el fundamento de estas verdades tanto en las enseñanzas de la medicina occidental como en las de la medicina oriental.